Alejandro Hernández Pinto

 Por Fernando Guinard

Alejandro Hernández nació en Bogotá el 18 de noviembre de 1964. Entre 1983 y 1987 estudió escultura en la Academia de Bellas Artes de Florencia, Italia, cuando era dirigida por los maestros Franco Fracchi y Romano Lucacchini.

Fue distinguido con la medalla de plata en la Exposición Colectiva de Escultura en Seninaglia y con las Menciones de Honor en el premio de Pintura de Vicovaro (Italia), y en el Salón Nominados al premio Gilberto Alzate Avendaño en Bogotá. En 1987 le otorgaron el premio Fanun Fortunae en Fanun, (Italia).

En el Stadio Dei Marmi en Roma se encuentra una de sus tallas en mármol.

Su obra personal se encuentra en diferentes colecciones particulares de Colombia y el exterior.

Fue seleccionado entre los artistas plásticos más importantes del siglo XX en el proyecto Cien Años de Plástica en Colombia.

Para Alejandro Hernández la escultura es la talla en mármol, piedra o madera, y el modelado en arcilla, que en complicidad con el moldeado en yeso y el fuego que destruye y crea, se transforma en bronce.

Mucha gente piensa que el escultor tradicional que maneja las formas y los contenidos expresivos es un artesano y que el intelectual es el que tira al azar unos pedazos de mármol al piso, o el que  empaqueta heno y estiércol y lo da a oler y comer a sus admiradores inmersos en las corrientes modistas.

La escultura exige mucho trabajo, técnica y conocimiento. Por eso al maestro Alejandro Hernández no le Interesan en absoluto los artistas conceptuales y le parece absurdo que existan tantos incautos que creen en sus discursos.

Es un artista que muestra la esencia de la escultura influida por formas monolíticas y precolombinas con una carga expresionista. Las texturas vegetales y orgánicas son las que más le gustan pues las texturas lisas le parece que no tienen vida.

De las cavernas  a los rascacielos, la actitud del hombre hacia su anatomía pasó por diversos estadios y se sacralizó, La abstracción y el realismo marcaron dos fronteras que se complementan
y renuevan. Alejandro Hernández ha tenido el privilegio de llegar a esas dos fronteras con la visión totalizadora del hombre contemporáneo. Muchos escultores se aferran a la ilusión de una verdad unidireccional y evaden, por incapacidad o ceguera exploración de estos polos delo arte universal.

La configuración de sus seres atrapa y anula siglos de sobrevenir y realiza una confrontación con la
Esencia sagrada de lo humano. Evoca en el ahora la eternidad de las mujeres prehistóricas, la fertilidad y potencia cósmica de su sensualidad y la cosmogonía de los ancestros precolombinos en las que se mezclan las expresiones antropomorfas y zoomorfas, muestra que en siglos de evolución lo fundamental no ha cambiado, y el género humano sigue debatiéndose en las mismas dudas y temores.

Da vida a las dualidades eternas: tierra – agua, naturalismo-abstraccionismo, tensión-relajamiento, texturas orgánicas-inorgánicas y formas que se evaden el infinito pero que están prisioneras en lo finito.

La estructura de algunas de sus esculturas es cerrada, monolítica; otras están influidas por el estilo gótico con alusiones dilatadas a los órganos sexuales; otras son dramáticas, la figura geométrica la oprime, está prisionera en su propio espacio.

Los monumentos se erigen a los grandes hombres. Aquellos que se juegan la vida día tras día con sus ideas, valor, inteligencia, sensibilidad social, integridad y libertad.
Farmíneda de las Pléyades

Pepe Cáceres se encuentra inmortalizado a la entrada de la Plaza de Toros de Santamaría de Bogotá, gracias a la gestión del taurófilo alcalde Bogotá Juan Martín Caicedo Ferrer.

Alejandro Hernández atrapó la altivez del torero, la plasticidad del movimiento, la armonía, la actitud de entrega y el garbo en el momento preciso en que ejecuta una cacerina.

Músculos y osamenta sirvieron de pretexto para deleitarse en el modelado y captar la fuerza bruta del animal.

Mucha gente llego a pensar que el joven que modelos las esculturas conmemorativas de Luis Carlos Galán, encargadas por el presidente César Gaviria Trujillo –ubicadas en la Plazoleta del Concejo de Bogotá y frente a la Casa de Nariño- era un intruso en la plástica colombiana.

Estaban equivocados. Desde los cuatro años, en el estudio de su abuelo el escultor Luis Pinto Maldonado, Alejandro se embadurnó de arcilla y se blanqueó con los polvos del yeso que aprisiona las formas y fisonomías de los personajes de la iconografía nacional.

Un día que acompañó a su abuelo y al maestro Arenas Betancourt a una fundición en Medellín, con pantalón corto, curioso como todo niño, se acerco demasiado al fuego, con tan buena o mala suerte que una llama de bronce candente saltó a su pierna izquierda y le tatuó para siempre un ángel que le protege de las energías negativas.

Con la muerte de su abuelo y de Arenas Betancourt, Alejandro Hernández se convirtió en el heredero natural del arte conmemorativo en Colombia.

Para medírsele a realizar monumentos conmemorativos, el escultor necesita una sólida formación académica, conocimientos, mañas, técnicas y talento suficiente para captar la expresión, la morfología, la fisonomía, el temperamento, el carácter y el alma de los seres para revivirlos por siempre.

La capacidad para logra que la materia vibre es el objetivo primordial de cualquier escultor, llámese conmemorativo o de cualquier ismo.

Galán era el caudillo que enardecía a las masas, era el líder cuya voz retumbaba en las conciencias corruptas como si fuese un taladro que perfora el cerebro como9 una tortura constante que desespera y sólo cesa cuando desaparecen las causas.

Ahí está Galán en esta escultura: la fuerza, la tensión de los músculos de la cara, todo está plasmado en esta imagen de la elocuencia en la plaza pública.

Tiene una altura aproximada de tres metros y fue erigida sobre un pedestal de piedra de 180 cm de altura.

La escultura está montada sobre una estructura anatómica de ocho cabezas y representa la tensión máxima del líder en el momento de lanzar su proclama.

Cuando Alejandro Hernández modeló el Bolívar ubicado en la Personería de Bogotá evocó su infancia cuando su abuelo y el maestro Arenas Betancourt discutían sobre las características fisonómicas del libertador.

El Monumento a Socha, encargado por la actual administración de Boyacá, representa el paso de Bolivar y su ejército de muertos vivientes por el Páramo de Pisba, antes de que pernoctaran en Socha, lugar que los acogió en su seno y les brindó la oportunidad de volver a sonreír.

Los maestros Henao y Arrubla, cuando los niños estudiaban en el colegio Historia de Colombia contaban:

El frío embargaba los sentidos, los caballos perecían de fatiga y obstruían el escabroso sendero a los que venían detrás, el parque quedaba abandonado donde caía la acémila que lo conducía; las lluvias eran incesantes día y noche y el uso del agua de los páramos enfermaba a los soldados (…)

Bolívar permanecía firme en medio de los contratiempos; entusiasmaba a las tropas con su presencia y ejemplo; les hablaba  de días de gloria cercanos ya, y los ánimos decaídos cobraban aliento.

Tiemblo todavía, decía el general Santander, de acordarme del lastimoso estado en que yo he visto ese ejército que nos ha restituido la vida. Un número considerable de soldados quedaron muertos al rigor del frío en el páramo de Pisba; un número mayor había llenado los hospitales y el resto de la tropa no podía hacer la más pequeña marcha. Los cuerpos de caballería en cuya estaba librada una gran parte de nuestra confianza, venían sin caballos y sin monturas; las municiones de boca y guerra quedaron abandonadas, porque no hubo caballería que pudiese salir, ni hombre que se detuviese a conducirlas. El ejército era un cuerpo moribundo.

Esto es lo que Alejandro Hernández muestra en este homenaje. El sufrimiento y fortaleza de unos subversivos que, medio muertos lograron libertar a un pa{is que luego hizo exclamar al libertador: Aré en el mar y edifiqué en el viento.

La gente piensa que modelar la cara de un prócer o de una persona importante para el espíritu de los pueblos, consiste en recopilar fotografías del difunto o copiar una mascarilla. Creen que es modelar una nariz, abrir unos ojos, subir unas cejas, redondear una papada y listo.

Hay que captar el carácter del personaje. Que se sienta que está ahí.

Todas las esculturas se modelan desnudas con el objeto de captar las proporciones y la tensión de los músculos, lograr la armonía, dar el movimiento y el aplomo.

Después la escultura se viste. Se forra en arpillera para facilitar el trabajo de los pliegues.

La muerte de Garzón fue un golpe bajo a los colombianos. Fue un personaje que reunió muchas cualidades: inteligencia, humor, irreverencia, voluntad de servicio, locura y hasta irresponsabilidad.

El pueblo colombiano, el Canal caracol de televisión y la emisora Radionet con Yamid Amat a la cabeza, en complicidad con supermercados y servicios de correo, recogieron miles de llaves para erigir los monumentos a Jaime Garzón y Heriberto de la Calle. Trofeos de los campeones de tejo del barrio La Perseverancia inundaron el estudio de Alejandro Hernández.

Los deudos de Garzón, su maquilladora, periodistas, vecinos, y hasta el maestro Osuna, quien era un escéptico, felicitaron al escultor por captar la naturaleza y el alma.

Es él, Garzón, sin interpretar a nadie y representa la actitud del hombre que dio su vida por una Colombia libre.

Para el aniversario de la muerte de Garzón, estarán erigidos dos monumentos: el de Jaime, en la avenida que lleva su nombre, y el de Heriberto, en el parque de la iglesia de Lourdes, en Bogotá, donde acompañará por siempre a sus colegas emboladores y al pueblo colombino que financió su inmortalidad.

Nota. La escultura de Heriberto de la Calle, al fin se instaló en la Gobernación de Cundinamarca porque el gobernador Andrés González Díaz dio un aporte para el proyecto y construyó una plazoleta para ubicarla.

Textos publicados en el catálogo de Alejandro Hernández, Bogotá, 1999.

 
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