Arte en América Hispana

Por Fernando Guinard

Si mis amigos no son una legión de ángeles clandestinos
Qué será de mí


Raúl Gómez Jattin

Ha ce un año y dos meses, en este mismo recinto, presentamos la primera agenda Colección de LEGIS, titulada Cien Años de plástica en Colombia, en la que rendimos un homenaje a los artistas colombianos más importantes del siglo XX.

Hoy, rendimos homenaje a los artistas más importantes de América hispana. Son cuarenta y ocho monstruos de diecisiete países donde LEGIS expande sus alas.

Hay cuatro monstricos colombianos que celebran veinte años de actividad artística. Por fortuna los monstricos crecen y se convierten en monstruos, si no cometen pecadillos para llevar el pan sus hijos.

Germán Londoño, Fernando Maldonado, Hernán Darío Correa y Luis Cabrera son cuatro muchachos que se asombran con las posibilidades infinitas de la pintura.

No soy un descubridor de tesoros, soy un simple admirador  de su pintura, irreverencia, rigor y disciplina. Su mundo pictórico navega por los mares de las sensaciones y las emociones.

Los cuatro son guerreros que derrumban ídolos y se enfrentan con pinceles., ideas e imágenes a las vedettes que se pasean por los salones de la fama. Son amantes de la calidad formal y del espíritu analítico, reflexivo, erótico. Son tan ricos que lo único que no tienen es plata.

Recuerdo aquel pensamiento de una extraterrestre loca de atar: “Un optimista es el que ve luces donde no existen, el pesimista es el que las quiere apagar”.

Débora Arango, Alejandro Obregón, Fernando Botero, Luis Caballero y Ángel Loochkartt, monstruos de la pintura colombiana están más allá del bien y del mal, son inmortales, por lo menos mientras estalla el planeta.

Y también fueron monstricos. Me acuerdo cuando Débora Arango, la reina de la pintura colombiana, la transgresora de los modelos establecidos para la pintura que hacían las mujeres, decorativa e insulsa, como sin alma, era rechazada por los colegas y críticos que la consideraban indigna de compartir los espacios donde exponían conjuntamente. Fueron muchas las lágrimas que derramó. Me acuerdo mucho también cuando Fernando Botero tuvo que alimentarse, durante seis meses en Nueva York, con la sopa de los pintores: un caldo de pescuezo de gallo, un gajo de cebolla y una pisca de sal. Alejandro Obregón, el padre de la pintura moderna en Colombia, envió durante catorce años sus pinturas a los salones nacionales de artistas, hasta que al fin lo hicieron sonreír con un premio de un puñado de pesos.

En las páginas de la agenda navegamos por las vanguardias, las ideas, los amores y los conceptos.

Cuando las nuevas ideas plásticas cambian los contextos se tornan en vanguardias, cuando los contextos ya han cambiado, ¿para qué se disfrazan algunos de vanguardistas?

En una exposición de arte ruso en la biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, vi a un admirador obnubilado frente a una pintura negra de Malevitch. Parecía en éxtasis. Yo preferí irme a Villa de Leyva y en una noche sin nubes mire la noche estrellada y las estrellas muertas que aun titilaban.

El creador más extraordinario es el Dios supergaláctico y superdimensional; el que creó las estrellas luminosas y las oscuridades misteriosas; el que creó los átomos y sus diferentes reacciones; el que creó los bosques con sus ríos, texturas y colores; el que creó a las mujeres rojas, blancas, negras y amarillas, con formas que se pueden acariciar, umbrales que se pueden penetrar y movimientos que se pueden compartir; el que creó los objetos, las esculturas vivas, las vibraciones, la realidad y la locura; el que creó a los creadores, a los artistas que inmortalizan el espíritu de los pueblos que no es más sino su cultura.

La cultura o la alta cultura, la de las vanguardias, defendida por los ortodoxos de la universalidad del arte, se contrapone a las culturas de quienes defienden el espíritu de los pueblos sojuzgados y explotados.

Otros piensan que cada acto creativo es un evento único, individual e independiente de los conceptos que se tengan sobre el arte y la cultura. Otros opinan que la obra de los creadores, si logra trascender el último segundo del calendario cósmico, es la que de verdad merece vivir, a pesar de que el dios Cronos todo se traga, hasta los desamores y las almas perdidas. Otros consideran que la creación artística consiste en derramar la interioridad, el espíritu o el alma, con una gran calidad formal y un profundo contenido expresivo que los diferencia de aquellos farsantes a los que Cronos se les tragó el alma.

Picasso, el inventor de formas y superformas, cuando tenía 83 años y no tenía nada que perder, dijo:

Cuando yo era joven, igual que todos los jóvenes, tuve la religión del arte, del gran arte; pero con el correr de los años me he dado cuenta de que el arte, tal y como se le concebía hasta el final de 1800, está ya acabado, moribundo, condenado, y que la pretendida actividad artística, con todo su florecimiento, no es más que la manifestación multiforme de su agonía (...) Nosotros ya no sentimos el arte como una necesidad vital, una necesidad espiritual, como era el caso de los siglos pasados.

Muchos de entre nosotros siguen siendo artistas y ocupándose del arte por unas razones que tienen muy poco que ver con el verdadero arte, sino por espíritu de imitación, por nostalgia de la tradición, por inercia, por el gusto de la ostentación, del lujo, de la curiosidad intelectual, por moda o por cálculo. Viven todavía por costumbre y por esnobismo, en un reciente pasado, pero la gran mayoría de ellos, en todos los medios, no tienen ya una pasión sincera por el arte, al cual consideran, todo lo más, como una diversión, un ocio y ornamento.

Las nuevas generaciones, amantes de la mecánica y del deporte, más sinceras, más cínicas y brutales, irán dejando el arte poco a poco relegado a los museos y a las bibliotecas, como una incomprensible e inútil reliquia del pasado. En el momento en que el arte ya no es alimento de los mejores, el artista puede exteriorizar su talento en toda clase de tentativas de nuevas fórmulas, en todos los caprichos y fantasías, en todos los expedientes de la charlatanería intelectual. El pueblo ya no busca ni consuelo ni exaltación en las artes. Y los refinados, los ricos, los ociosos, los destiladores de quintaesencias buscan lo nuevo, lo extraordinario, lo original, lo extravagante, lo escandaloso. Por mi parte, desde el «cubismo» y más lejos aún, he contentado a esos señores y a esos críticos con las múltiples extravagancias que me han venido a la cabeza, y cuanto menos las han comprendido, más las han admirado. A fuerza de divertirme con todos esos juegos, con todas esas paparruchas, esos rompecabezas, acertijos y arabescos, me hice célebre rápidamente. Y la celebridad significa para un pintor: ventas, ganancias, fortuna, riqueza. En la actualidad como sabéis, soy célebre y muy rico. Pero cuando estoy a solas conmigo mismo, no tengo el valor de considerarme artista en el sentido grande y antiguo de la palabra.

Ha habido grandes pintores como Giotto, Ticiano, Rembrandt y Goya. Yo no soy más que un bufón público que ha comprendido su tiempo. La mía es una amarga confesión, más dolorosa de lo que pueda aparecer, pero que tiene el mérito de ser sincera.

De todo hay en el proyecto Arte en América Hispana.

Con la complicidad de los espíritus de los creadores, quienes con su energía nigromante han permitido que nos introduzcamos en sus vidas y en sus obras, que son el reflejo de sus almas; con la complicidad de sus herederos, que con suma generosidad han abierto sus brazos para el disfrute estético; con la complicidad de los creadores latinoamericanos que nos acompañan en este proyecto, de los museos, fundaciones, embajadas, ministerios de cultura, galeristas, críticos de arte, escuelas y academias de artes, y todos aquellos que hicieron posible la realización de este proyecto; se ha logrado también impregnar el espíritu de las diferentes corrientes estéticas del siglo XX.

En pocas palabras, de cada quien, según su capacidad, a cada quien, según el nivel de su sensibilidad, de acuerdo a su educación y a su concepción de la cultura.

Paz y amor.

 
 

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