Augusto Rendón Sierra

 Por Fernando Guinard

Samuel le dice a Saúl: Entonces ve y golpea a Amalec y destruye todo aquello que le pertenece, y no desees ninguna de sus cosas, pero asesina hombres, mujeres, niños y lactantes, bueyes, ovejas, camellos y asnos.
LIBRO I DE LOS REYES. CAPÍTULO XV, VERSÍCULO 3.

Pariente lejano de Clara Sierra, la terrateniente y ganadera más recordada del país, hijo de un exitoso contador que cayó en desgracia cuando negoció con café, egresado de la Academia de Bellas Artes de San Marcos en Florencia, Italia, casado en primeras nupcias con la condesa toscana Gioietta Gioia, todo parecía indicar que  Rendón sería un antioqueño burgués, pero no fue así, sólo llegó a ser uno de los mejores grabadores en la historia del arte al lado de Durero, Rembrandt, Goya, Köllwitz y Picasso.  

En el año 1963, Augusto Rendón ganó el primer premio de grabado en el XV Salón Nacional de Artistas con la obra titulada Santa Bárbara, una protesta contra la masacre realizada en el pueblo antioqueño de ese nombre y donde murieron muchos sindicalistas que ejercían el derecho al paro. Fue la primera vez que premiaron un aguafuerte en la historia del arte colombiano. El grabado y el dibujo eran artes menores comparados con la pintura que siempre había sido considerada como la prinma donna en los salones nacionales. Es más, en una multimedia patrocinada por el Ministerio de Cultura en 1998, no se registraron los dos premios de grabado obtenidos por Rendón en los Salones Nacionales de 1963 y 1966, ni su participación por fuera de concurso en el año de 1965.

En el año 1963, en el XV Salón Nacional de Artistas,  los artistas sociales, llamados “comprometidos” por los detractores de la tendencia  que se caracterizó por denunciar los abusos del poder por medio de dibujos, aguafuertes y pinturas, con una fuerza y fogosidad mucho más expresiva que cualquiera de las fotografías de los más audaces reporteros gráficos de la época, arrasaron con los más importantes premios en disputa. El pintor Alejandro Obregón fue declarado “fuera de concurso” con la pintura titulada Genocidio, que representaba los estertores de la muerte debidos a las guerras fraticidas ocurridas en el país desde el año 1947.

Ya mucho antes, el poeta Paul Valery había dicho que la guerra es una masacre entre gentes que no se conocen en favor de gentes que sí se conocen pero no se masacran.

Carlos Granada recibió siete mil pesos por el premio de pintura con la obra titulada Solo con su muerte,  una denuncia frontal que mostraba el abandono de la niñez inocente víctima de la sevicia de los asesinos.

Pedro Alcántara Herrán recibió mil pesos, que habían descontado del premio de grabado, por el dibujo titulado Naturaleza muerta, y Rendón recibió los dos mil que quedaban por el grabado de la masacre de Santa Bárbara. Era una atmósfera mortuoria que impregnaba el ambiente real y el ambiente plástico en Colombia.

Eran artistas sociales y sensibles que no se podían quedar indiferentes frente a la atroz realidad, además, se oponían a la doctrina abstraccionista y a las recetas cosmopolitas del arte decorativo y sin contenido espiritual.

En el año 1962, monseñor Germán Guzmán, en compañía del sociólogo Orlando Fals Borda y de Eduardo Umaña Luna, publicaron el libro La violencia en Colombia, en el que contaron con pelos, señales y fotografías la historia de la barbarie fraticida.

Ese mismo año, el pintor Alejandro Obregón ganó el Salón Nacional de Artistas con la obra La violencia, una pintura al óleo de gran formato que mostraba a la muerte embarazada y abandonada en un aire de soledad y misterio que producía una gran tristeza y desolación.

A propósito del premio de grabado obtenido por Augusto Rendón en 1963, la crítica Marta Traba escribió el siguiente comentario: Si no hubieran existido Goya ni Käthe Kollwitz, Augusto Rendón sería un buen grabador.

Observación despectiva por su animadversión hacia las influencias obvias que todo artista lleva consigo en su proceso creativo y por la pelea que había casado con todos aquellos que expresaran un compromiso con los temas sociales.

Rendón, como Goya, Köllwitz y Picasso, siempre ha protestado contra los excesos del poder y su correspondiente violencia. Desde muchacho quedó traumatizado: no puede ver a un militar ni en pintura porque le da dolor de estómago. Considera al ejército y a sus chafarotes como los trompos de poner del establecimiento.

Rendón muy angustiado dice: Colombia, a través de su historia, es un país inmerso en la tortura y el llanto. Es un país sin salvación que cayó al abismo de la desesperanza de la cual nadie se salva mientras no existan actitudes que cambien radicalmente las condiciones sociales.

Se parece a Darío Fo y a Débora Arango en que siempre está clavando banderillas negras a los lacayos de la clase dirigente y rescatando la dignidad de los humildes.

Con mucho sentimiento, a veces con burla, pero con gran seriedad y energía, ha plasmado su mirada sobre los abusos e injusticias sociales del establecimiento. Ha denunciado las masacres y el sufrimiento de las decenas de  niños que mueren diariamente de hambre en Colombia, y la tragedia de aquellos que estando vivos, están muertos, porque les han negado la educación.

Además, de frente y sin ironía, se ha burlado de los mitos jerárquicos de las organizaciones religiosas y militares y de los políticos que tienen al país al borde del colapso. 

En 1966, el año en que el cura Camilo Torres se fue para la guerrilla a que lo mataran un 15 de febrero, Augusto Rendón recibió el premio de grabado con la obra titulada Homenaje a Colombia. A partir de un retrato del pintor social Carlos Granada, de una atmósfera misteriosa emergen figuras reales y simbólicas de los victimarios y sus víctimas. No sólo es un homenaje a Colombia sino también a las momias que la  han gobernado.

Por esa época, el caballo, animal noble de formas plásticas concretas y armoniosas, es el protagonista de las escenas y simboliza a los que no tienen voz. Cuando se contorsiona y relincha, exorciza la pesadilla de la realidad nacional en medio de atmósferas dramáticas iluminadas con las luces del más allá. El hombre reside en la tierra más allá de la matanza y los falos extravagantes significan el poder fecundante de los desposeídos que algún día poblaran la tierra exentos de hambre, frío y pobreza. Cumplen una función revulsiva contra los moralistas que ven pornografía hasta en una mata de plátano.  

Hay quienes piensan que Rendón es mejor grabador que pintor. Él dice que en la época de estudiante en la Academia de Bellas Artes de Florencia tuvo la oportunidad de conocer al pintor y escritor Carlo Levy, autor de un libro muy famoso que fue llevado al cine llamado Cristo se detuvo en Eboli. Los críticos literarios consideraban que el autor del libro era un magnífico pintor y los críticos de arte pensaban que el pintor Levy era un excelente escritor.

Esta anécdota recuerda una que ocurrió en un conversatorio paralelo al Salón Nacional de Artistas de 1964,  que Augusto Rivera ganó con la obra Paisaje y carroña. Un despistado defensor de los críticos lanzó el siguiente ex-abrupto: Los críticos hacen a los artistas, palabras que catapultaron al maestro Alejandro Obregón de su asiento. Mientras volaba por los aires para abandonar el recinto, y convulsionaba, muy excitado le gritaba al panelista: No señor, eso no es así.

Augusto Rendón define al verdadero artista como un artesano y no como un ser endiosado a quien el éxito se le sube a la cabeza, le deforma el pensamiento y le mata la imaginación. De esos que no cambian de estilo y cuya fórmula rentable los ha posicionado en el mercado del sabor comercial.

Rendón, al contrario, pinta para no vender su obra a una burguesía insulsa. Si alguna persona se identifica con su propuesta plástica y le interesa  adquirir un trabajo suyo en el taller, siente una gran satisfacción, si no les gusta la obra y no le compran, le da lo mismo, pues él pinta por goce personal y es coleccionista de su propia obra. Piensa, como Picasso, que el artista es un coleccionista pobre, y como no puede comprar las obras maestras del Renacimiento, las copia, pues el arte es algo muy sencillo, es simplemente una expresión personal con un poquito de habilidad.

Le molesta la idea de salir a buscar galerías que expongan su obra, considera a los galeristas unos comerciantes que realizan investigaciones sobre los hábitos de compra del consumidor y satisfacen las demandas decorativas de una clientela con poder, dinero y superficialidad. Los galeristas son vendedores de productos con demanda comercial a quienes les da lo mismo vender una pintura decorativa, un chorizo o una lechona. No descubren ni promocionan artistas. Su afán es el negocio, el lucro.

Sin embargo, Rendón es muy respetuoso del trabajo de los artistas profesionales, al fin y al cabo lo que hacen es el retrato de su espíritu profundo o insulso.

Leonel Góngora fue uno de sus grandes amigos. Hubo un momento en que el vulgo confundía el trabajo de los dos, como sucedió en una época con los trabajos de Braque y Picasso. Nadie copiaba a nadie, eran, simplemente, energías gemelas. Hay muchos artistas que buscan con desespero la originalidad para no estar  out en la tuerta visión de aquellos que consideran las influencias como nefastas. Para Rendón el arte no consiste en ser original, pues la originalidad no existe. Las influencias dan origen a nuevos estilos, así como la mezcla de razas da origen a nuevas razas.

Augusto Rendón describe el erotismo como un juego de seducción cuyo elemento clave es la sutileza que permite alcanzar los más bellos objetos del deseo. La meta final es la realización del goce erótico, así como la meta final del proceso creativo es la realización del goce estético. El sexo es la única acción por la que vale la pena vivir, cuando se acaba, la gente se muere.

La tauromaquia es un tema que ha sido trabajado por Goya, Picasso y Botero, entre otros. Rendón trabaja el tema con su inconfundible espíritu bizarro. El toro, símbolo de la fuerza y el coraje, a pesar de estar condenado a muerte, guiado por su infinita nobleza, cambia el esquema establecido. Penetra al torero, lo eleva por los aires y  en una acción orgásmica el torero cae muerto.

La tesis del artista es que entre el toro y el torero se plantea el máximo desafío sexual: la penetración en las carnes del otro.

Cuando su pintura se detiene en temas místicos originados en la mitología judeo-cristiana, continúa con su crítica innata y su tono burlesco. Como no es creyente, considera a la religión como una droga más dañina que cualquiera de las  psicotrópicas que consumen aquellas personas con otras concepciones culturales.

Texto publicado en el libro El Espíritu Creador de Fernando Guinard, co-editado con la Universidad de Ciencias Aplicadas y Ambientales U.D.C.A. Bogotá, 2003.

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