Rosenell Baud
Princesa intergaláctica del paisaje mejorado

Por Fernando Guinard

Muy agradable fue el descubrimiento de Rosenell Baud, pintora, dibujante, grabadora, maestra del arte, de la vida y de la conversación. Durante muchas horas, al calor del vino, diseccionó con certeza y claridad absoluta el cadáver insepulto del arte colombiano, la decadencia del espíritu artístico y el ambiente falsario que invade la atmósfera, no sólo en el ámbito de la política, impregnada de muerte, sino en el campo de las artes donde la verborrea y el cinismo se apropiaron de los escenarios oficiales, “culturales” y académicos, deconstruyendo  la esencia de la creación, reconstruyendo ideas importadas y descontextualizando el hecho estético.

Sin temor a equivocarme, a pesar de que las verdades son inexistentes, me gustaría situar a Rosenell Baud al lado de las mujeres artistas que han realizado un aporte significativo en el campo de las artes plásticas en Colombia: Débora Arango, Lucy Tejada, Felisa Bursztyn y  Olga de Amaral.

Llegó a Colombia en 1968. Era una muchacha fresca, de ojos verdes que penetraban el interior de las conciencias, estaba enamorada y amaba a los impresionistas y surrealistas, y sobre todo a Monet y a Gaudí.

En  la década del 70 dibujaba cuerpos entrelazados que jugaban al ritmo del trópico, cuerpos de rostros anónimos cuyos movimientos  se perdían entre las brumas de las montañas, orgías de luces y sombras enmarcadas en planos que atrapaban las tonalidades grisáceas de modelos de piernas largas y vulvas calungas que miraban con sus pupilas gigantescas los guiños de los admiradores.

Luego, eliminó los cuerpos desnudos, a vuelo de pájaro encontró nuevas perspectivas, jugó con los grises, inventó atmósferas, colores y ráfagas de luz cual rayos que iluminaban los paisajes subjetivos. “Nada es arte si no proviene de la naturaleza”, decía Gaudí, y a partir de la madre que nos da y nos quita, Rosenell Baud también la mejoró un poco.

Sus grabados son un delicioso manjar estético para los sentidos. Por la diversidad de formas, texturas, procedimientos y atmósferas, y con su bello toque de locura, parecen, es sólo una opinión, que fueron gestados en los viajes por el espíritu de Gaudí.

No son muchos los pintores que en la historia del arte se han sumergido en los misterios de las colofonias y en las mordidas del ácido nítrico. Para ser grabador se necesita ser muy buen dibujante, por eso muchos pintores que no saben dibujar pasan agachados y evitan enfrentarse con este procedimiento, porque el dibujo es la piedra angular del lenguaje plástico, y las aguafuertes, aguatintas y mezzotintas son la expresión más bella, misteriosa e intimista de la alquimia del proceso gráfico. Ya sabemos que Durero, Rembrandt, Goya y Picasso inmortalizaron la técnica. En Colombia, sólo los grandes dibujantes se le han medido a este proceso: Augusto Rendón, Juan Antonio Roda, Umberto Giangrandi, Juan Manuel Lugo, Lucy Tejada y Rosenell Baud.

La flor carnal, con sus dichas y desdichas, lo mismo que los miembros que la alojan en su centro, ha sido muy estudiada, alabada y gozada por los pintores y los poetas: Gustave Courbet, el realista, pinta la concha intergaláctica  sin deformaciones ni afeites, y la considera como El origen del mundo; Auguste Rodin  dibuja la vulva con mucha elegancia, y la modela en el barro, una sola pierna la protege, sin embargo, es atlética y asesante; Valie Export, en una acción, abre las piernas y expone su tesoro para causar un Pánico genital; Gerhard Richter, la pinta en todo su esplendor, entre las piernas de una estudiante cómplice de nariz torcida;  la  vulva de Leonardo da Vinci, plumilla y tinta marrón, tiene los derechos reservados por Elizabeth II, reina de Inglaterra; un dibujo a lápiz de Picasso la muestra en primer plano, expandida por unos dedos elásticos, las entrañas  son tan visibles que se puede percibir el punto G; Tom Weselmann, en la numerosa serie del Gran desnudo americano, exhibe las piernas con sus respectivos tesoros pop, planitos y pelones, en cambio, en un dibujo a lápiz, hiperrealista, muestra la personalidad inimitable del coño retratado; la instalación gigantesca de Niké de Saint Phaile, permite que, diariamente, miles de turistas, estudiosos y erotómanos la penetren para descubrir la libido que habita en su interior; Georgia O’Keeffe, la pinta como una flor cuyos pétalos y protuberancias atraen la mirada como un imán; Robert Mapplethorpe, en una fotografía, muestra sus encantos, como cayendo al mar, en una atmósfera poética; Marcel Duchamp, a través de los orificios de una puerta de madera, la pone en vitrina, como muerta, pero con una pierna extendida que nos lleva a la entrepierna sin vello púbico y carente de genitales con un aire provocativo característico en su espíritu.



PIERNAS
        
                 Delgadas
                 Sumamente
                 Delgadas.
                 Delgaditas.
                 Pero,

                 Piernas…
                 cuando las abre!

Canta el poeta Jotamario en el libro El Cuerpo de ella, el mismo poeta que escribió una de las frases más célebres, en la cual se refiere, muy en serio, a los señores y a las señoras que se disfrazan de artistas. “Vivimos del arte en el periodo crítico. Del crítico que pretende orientar a los artistas y de paso desorientar a las galerías. Y no digo que viceversa, porque pintor que se deja desorientar de un crítico termina siendo pintora (…).

Rosenell Baud es dibujante, grabadora y pintora. Nunca se ha dejado influir por críticos y curadores, esa es la cualidad de su integridad inmaculada.

Pero sí se ha dejado influir y seducir, como los artistas mencionados anteriormente, por esos monumentales objetos del deseo: las conchas de los siete mares que ella pintó, con la técnica del temple al huevo, como si fueran doce doncellas que en doce meses entregan sus encantos, sus formas, sus colores, sus misterios y sus aromas, para que sean diseccionadas por los ojos de los amantes estéticos.

Como los grandes genios del arte universal, Rosenell Baud ha trabajado  los mismos temas, pero los resultados son diferentes por el lenguaje y estilo personal que les impregna y con las pinceladas cómplices, pequeñas y rápidas de su adorado Monet.

En la etapa de su madurez, y siempre basada en la naturaleza, pero mejorada y poetizada, como también lo hizo Gaudí,  Baud captura, con rapidez y soltura, su propio espectro pictórico y poético.

Y ya para terminar, me encanta su espíritu anarquista, no le come cuento a ninguna de las mentiras gestadas por el establecimiento, y me encanta que le encante el loco de Charles Bukowski.

Cuando le mostré el poema Integridad, del canadiense Irving Layton, que dice así:

Oí a un hombre que decía:

mi examante

era mitad polaca

mitad suiza

y enteramente puta.

Ella sonrió con una carcajada. Me encanta su sentido del humor.

Con mucho amor.

   
 
   
 
   
 
   
 
 
   

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