Flor María Bouhot
Gladiadora del arte y de la vida

Por Fernando Guinard

En 1981 Flor María Bouhot termina sus estudios de Bellas Artes en la Universidad de Antioquia. En 1984 gana el Primer Premio en el Salón de Arte Joven del Museo de Antioquia. Durante la década de los ochenta participa en las más importantes exposiciones gestadas por las instituciones más respetadas de las artes plásticas en Colombia como son el Museo de Arte Moderno La Tertulia de Cali, el Museo de Antioquia, el Museo de Arte Moderno de Medellín, la Biblioteca Pública Piloto, la Universidad de Antioquia y la Galería Suramericana, en Medellín; el Museo Nacional, la Casa de la Moneda del Banco de la República, en el proyecto Nuevos nombres; y el Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá MAC. Participa en los Salones Nacionales de Artistas de 1985, 86, 87 y 90. A nivel internacional muestra su trabajo en la exposición itinerante de artistas antioqueños que se exhibe en la Galería del Fondo Monetario Internacional en Washington; en la Universidad de Massachussets, en Boston; en la Universidad de California, en Riverside, Los Angeles; y en el Centro de Artes de Miami. Y en Francia, y en Venezuela, y en España.

Mejor dicho, está en todo su esplendor y no hay exposición donde no estuviera presente la pintura de Flor María Bouhot.

Imagino que fue bautizada con el nombre de Flor porque nace en las tierras de la eterna primavera. Y María en honor de la madre de Cristo, a quien le negaron el placer de la sexualidad, la virgen tan venerada en estas tierras antioqueñas que también  han dado a luz a mis tocayos Fernando González, Fernando Botero y Fernando Vallejo, originales, buenas personas y deslenguados por no estar de acuerdo con los órdenes establecidos. Tierras que vieron nacer a pastores de ovejas descarriadas como Pedro Nel Gómez  e Ignacio Gómez Jaramillo; y a la sin igual, bella y sensible Débora Arango, la madre primigenia, católica hasta los tuétanos pero anticlerical y ponzoñosa como avispa irritada por la violencia ejercida por los que disfrutan del poder con su aura siniestra de mascarada y corrupción; tierras donde lanzan al viento el manifiesto contra la bobería imperante en Colombia, escrito por el libertador Gonzalo Arango, el fundador del nadaísmo, el hijo de una beata que cambió su finca a un cura por indulgencias plenarias que sacarían del purgatorio a su amado y difunto marido, el telegrafista de Andes quien, según cuenta el mismo Gonzalo, estaba más condenado al fuego eterno que hereje quemado en la hoguera de la Inquisición. Y a propósito, la secta judaica conocida como cristianismo, inventó la fábula absurda de la gestación por obra y gracia del espíritu santo, en contradicción con  la gestación por obra y realidad del espíritu erótico.

En el año 1988 conocí a Flor María Bouhot en su casa de Medellín. Vivía con sus dos hijos y su esposo, Antonio Sierra, feroz lector, pintor y dibujante consumado.

En compañía de Flor María Bouhot conocí algunas cantinas de Medellín, de buena y de mala muerte, bebimos aguardiente y, después de una larga faena de intercambio de voltajes, pernocté en la casa de la Bouhot en un cambuche muy especial donde dejé las huellas perdidas de la memoria.

Por la época, Flor María, pinta la serie Amantes, heterosexuales que gozan los procesos eróticos. Ellos, muy pop, muy tropicales, de razas negras, rojas, azules, con órganos sexuales incógnitos y  cabellos de colores locos, intercambian caricias y efluvios con muchachas pop de pezones multicolores, pubis exuberantes, enmarañados y de corte geométrico.

A principios de los noventa Bouhot trabaja la serie Instancias del éxtasis: bellas muchachas despiertas cuyas formas son aprisionadas por los contornos delineados que exaltan los volúmenes sensuales corporales; muchachas retrecheras a los requiebros de los amantes expresan en sus rostros los gestos que gimen y exaltan su erotismo solitario inmersas en planos floridos y colores bouhotianos.

Luego, a mediados de la década de los noventa, en la Galería de la Aduana en Barranquilla, Bouhot muestra la serie Los carnavales, hija de los orgasmos de aquellas muchachas que copulaban con el espíritu santo y con el espíritu erótico. Continúa con el lenguaje de la mascarada.

Los humanos llevan una máscara que les impide expresar el dramatismo de los gestos, sin embargo los rituales enmascarados, antropomorfos y zoomorfos, humanizan los mitos fabulosos y simbólicos.

En comunidades del África negra como Guinea, Congo y Angola, existían y existen clanes totémicos que cumplen funciones religiosas, mágicas, políticas y sociales, diferenciados por la variedad de sus antepasados míticos de origen animal o vegetal. Los nombres de los clanes tienen que ver con los totems León, Leopardo, Cocodrilo o Mono, entre otros. En Cuba, por ejemplo, estos ancestros se manifiestan en comparsas cuyos nombres tienen que ver con la Culebra, el Pájaro, el Sapo y el Alacrán.

Las danzas de Congos del Carnaval de Barranquilla tienen sus orígenes remotos en las teogonías del África negra, y los inmediatos en los cabildos de los negros bozales de Cartagena colonial. Se caracterizan por la presencia de hombres disfrazados de Toro, Tigre, Burro, Chivo, Perro; incluso de Monos con su libidinosidad. Las máscaras son de madera y quienes las llevan gesticulan e imitan los sonidos propios del respectivo animal.

Debido al sincretismo con las culturas indígenas, en los carnavales también desfilan los chamanes, o shamanes, adornados con pintura facial, tocados de plumas y bastones rematados por sonajeros, sacerdotes que se transforman en seres mitológicos y felinos de largos colmillos, falos grandes y circuncisos con ensanchamientos artificiales de la uretra.
 
En los Carnavales mundanos también se ven máscaras de rezanderos que representan a Dráculas, emperadores, reyes, papas y dictadores, animales divinizados, genocidas temerosos de Dios que deambulan por festivales vallenatos y festividades en compañía de enmascarados con el rostro de la paciencia.

En los Carnavales de la realidad los humanos desfilan con máscaras impuestas por los fabricantes de normas sociales, modas y moral;  las vemos a ellas disfrazadas de estrellas, senos y nalgas con prótesis de silicona para atraer la libido desbordante de los patrocinadores, pintarrajeadas con coloretes y lápices faciales, y sombras para oscurecer las miradas, y orejeras, y collares, y sonrisas falsas para atraer los encantos de los hombres disfrazados de ovejas metrosexuales.

“El sistema cubre sus fallas con la máscara sonriente de los políticos. El pueblo lleva la máscara de su resignación y los detentores del poder la propician, temerosos del día en que aparezca el verdadero rostro”, dice mi gran amigo el antropólogo Álvaro Chaves Mendoza, ganador del Primer Premio Nacional de Arqueología.

A principios de los noventa, Flor María Bouhot, se traslada a vivir a la ciudad de Bogotá que la recibió con los brazos abiertos. Su compañero, el amor de sus amores y padre de sus dos hijos fue asesinado por enmascarados sin máscara. Pero ella es una gladiadora fuerte, invencible. Se traslada a la ciudad de Guadalajara, en Jalisco, México, y allí vive como una princesa.

A pesar de dos accidentes cerebrales que disminuyeron un poco su energía y salud, expone con mucha frecuencia, en universidades, casas de cultura y galerías, muestra los colores de Colombia, el erotismo de sus muchachas y las alegrías del carnaval, y también muestra sus obras de pan comer, los bodegones, manjares deliciosos para los sentidos, excitantes y pletóricos de colorido y sensualidad.

Bienvenida a la casa de los amantes estéticos.

   
 
Serie: Amantes
 
   
 
Serie: Instancias del éxtasis
 
   
 
Serie: Carnaval
   
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