Carlos enrique Rodríguez Arango

 Por Fernando Guinard

La primera obra de Rodríguez Arango fue una témpera que pintó cuando tenía doce años y estudiaba interno en el Colegio Salesiano de Duitama. Representaba al Sagrado Corazón de Jesús, bello, tierno, bondadoso y milagroso, pues impidió que el inquieto muchacho fuera expulsado por no comulgar con los dogmas establecidos. Allí empezó su periplo por más de quince colegios burgueses de la ciudad de Bogotá, cuyos rectores intolerantes no captaron la energía que brotaba de este muchacho que sólo deseaba un poco de comprensión por su locura y un poco de amor por su duda pedagógica.

Cuando cursaba tercero de bachillerato, se matriculó por primera vez en la escuela de David Manzur que era el único taller en el que se podía estudiar dibujo y pintura en Bogotá. Eran épocas de búsqueda. Quería estudiar de todo sin saber cuál era el camino que el azar le iba a tejer en el momento propicio. Estudió algunos semestres de Ingeniería Agrícola en la Universidad Nacional de Bogotá; emigró hacia los Estados Unidos de América a estudiar Arquitectura en el Seminole Junior College de Sanford, en La Florida; abandonó los prerrequisitos y estudió las materias que más le interesaban como Astronomía e Historia del Arte; participó en el Primer Taller de Diseño Tridimensional en la ciudad de Orlando y lo invitaron a participar en el Winter Park Side Walk Art Festival donde obtuvo su primera mención.

Mientras estudiaba lo que le gustaba, trabajó como carpintero y profesor de merengue y cha cha cha de señoras entradas en años que querían recobrar la juventud perdida; se prendió de la filosofía jipi y después de haber fumado hasta que le supo a cacho y de haber amado hasta quedar exhausto, se le cruzaron los cables y se tornó en un eficiente administrador de obras civiles en la ciudad de Bogotá.

Trabajó duro y parejo durante cinco años y ahorró el dinero suficiente para viajar a Europa, con Maritza la compañera de su periplo por la vida. Londres, Amsterdam, Roma, Florencia y Carrara, donde se apareció la víspera de la inauguración del II Simposio Internacional de Escultura, en el que participaron treinta artistas internacionales que se enfrentaron a gigantescos bloques de mármol que ofrecían sus vírgenes texturas para que les extrajeran las voces interiores.

Y ahí fue Troya. Se encontró a sí mismo y nunca más se separaría de su infinito amor: el arte.

En el II simposio estuvo como observador; en el III Simposio participó como escultor. Conoció a muchos de los escultores más importantes del mundo y aprendió de ellos los secretos del espíritu artístico y de la talla directa en mármol con instrumentos manuales, neumáticos y de tecnología de punta. Estos simposios se caracterizaban por la integración cultural con la poesía, la pintura, la música, y la fiesta.

La obra escultórica abstracta de Rodríguez Arango integra  las huellas técnicas y las sutilezas heredadas por los grandes maestros del renacimiento, con las huellas de los diseñadores textiles precolombinos y el espíritu vanguardista de Kandinsky en los albores del siglo XX.

Las formas en que se manifiesta la naturaleza inspiró sus creaciones esféricas, ovoides, espirales, helicoides y meandros. Otras se ramificaban tortuosas y sinuosas por los espacios vacíos.

Por la época de su retorno a Colombia, a mediados de la década del ochenta, ya era un ser obsesivo a quien le encantaba promover el trabajo de la talla directa sobre mármol. Propuso a innumerables burócratas de la cultura la realización de Simposios Internacionales de Escultura con la participación de los más importantes escultores-talladores  del universo, que esculpirían sus obras en mármoles santandereanos y huilenses y donarían a la ciudad que financiara el proyecto.

Durante quince días, en arduas jornadas de ocho horas, darían vida al más bello parque escultórico de América. Y por un puñado de dólares, pues la contraprestación a los artistas participantes y donantes sería a cambio de un pasaje de ida y regreso a su tierra, alimentación durante los quince días de duración del simposio, uno que otro producto que les disparara la imaginación por los confines del éxtasis y una que otra rumba con las más bellas esculturas vivientes del universo: las colombianas.

Como buen soñador de utopías talló en el vacío, la piedra dura de la realidad lo despertó en medio de un desierto en el que abundaban la insensibilidad, la ineficacia, la ceguera y la sordera de funcionarios cuya única cultura consiste en celebrar contratos leoninos, ir a misa y confesarse para expiar sus pecados.

Terco como una mula, Rodríguez Arango se vinculó a la Universidad de Los Andes como profesor de escultura en la Facultad de Arte y Textiles, con el objetivo de promocionar y enseñar su obsesión.

En los ratos libres, durante muchas horas de muchos días y muchos meses, talló unos ángeles apocalípticos gigantes que tenían vida por sí mismos. Engalanaban con su presencia el olimpo de la ciencia y sus miradas inmóviles esperaban el fin del mundo y de su propia existencia.

Un día, un funcionario administrativo, eficiente y efectivo, recibió la orden de limpiar el terreno donde se encontraban inmóviles los ángeles. Allí se construirían nuevos espacios convencionales donde se transmitiría el conocimiento científico a la comunidad universitaria.

Los ángeles de mármol eran grandes y pesados y no podían volar. Para moverlos se necesitaba un poco de sentido común, como el que tuvieron los toscanos hace quinientos años cuando trasladaron el David de Miguel Ángel desde el taller del escultor hasta la Plaza de la Signoria.

El escritor Manuel Mujica Laínez, cuenta que el jorobado duque de Bomarzo escuchó de labios de su abuelo Gian Corrado Orsini, la forma en que cuarenta de los más fornidos hombres florentinos realizaron el traslado de la escultura durante cuatro días y cuatro noches. El monumental desnudo lo montaron sobre una superficie apoyada sobre vigas engrasadas. Por medio de un sistema de poleas jalaban las correas que ataban el desnudo y lo transportaban por las calles empedradas de Florencia. En las noches, los exhaustos y fornidos encargados de la seguridad prendían fogatas e iluminaban la oscuridad para evitar que los enemigos de Miguel Ángel, del arte y de los cuerpos desnudos, apedrearan la representación del rey David.

Por la época no existían las gruas que pueden izar un planeta, ni la energía eléctrica que puede mover el mundo, ni la bomba atómica que destruye en un segundo el último segundo del calendario cósmico. Si convivían, como hoy, los espíritus lúcidos y creativos con los demonios de la ignorancia.

El letal, eficiente y eficaz  funcionario de la Universidad de Los Andes,  cuando los fornidos obreros le contaron que había unas piedras de formas extrañas, gigantescas y pesadas que obstruían el área del terreno donde se construirían las nuevas aulas para esparcir el conocimiento, respondió: Muévanlas como puedan. Los obedientes trogloditas las movieron a mazo y maceta y transportaron los materiales de desecho a algún hueco de la universidad. Esta fue la increible y triste historia de los cinco ángeles que vivieron su génesis y apocalipsis en los terrenos que el escultor conquistó para las Bellas Artes en la Universidad.

Un día, Rodríguez Arango quiso visitar a sus criaturas que le habían sacado callos  a sus manos. Donde siempre había visto a sus ángeles apocalípticos sólo vio vacío y desolación, miró al cielo y vio sus espíritus etéreos. Una lágrima rodó por su mejilla derecha, recordó al sabio Albert Einstein cuando dijo: Peor que la bomba atómica es la estupidez humana. Lloró toda la tarde y toda la noche. Al amanecer sintió que el dios Cronos sa había tragado muchas horas de su existencia. Su cabello, que la tarde anterior era  negro azabache, ya era cano.

Rodríguez Arango se convenció, como lo había hecho antes un soñador libertario, de que sí era posible arar en el mar y edificar en el viento para que no sucediera nada.

A lo hecho pecho, pensó para sí Rodríguez Arango un poco más calmado.

Recordó que había ganado premios de dibujo en Milán y que La Victoria, la obra que había esculpido en el III Simposio Internacional de Escultura en Carrara, había sido adquirida por el Museo de Arte Moderno de Legnano Castellanza en Milán. Con las liras recibidas como pago por la escultura de 140 cm de altura, 80 cm de anchura y 60 cm de profundidad, se sostuvo durante un año. Es bien sabido que los escultores que participan en los Simposios Internacionales de Escultura de Carrara, tienen abiertas las puertas de toda Italia. Pero Italia es un país desarrollado cuyas ciudades milenarias rinden culto a los artistas, en cambio, en su tierra natal, protagonista de los despropósitos, la actitud mental es de espíritu subdesarrollado.

Antes de dedicarse a promover su obsesión escultórica, Rodríguez Arango había sido uno de los mejores equitadores del país. Su padre, un general de caballería lo montó en un caballo de salto cuando ni siquiera se podía sostener por sus propios medios. Aprendió a conocer a profundidad los instintos, los gestos, tensiones y movimientos de este animal, objeto del deseo plástico, que ha sido plasmado por artistas de muchas geografías y épocas.

Desde los albores del humanismo, el centauro, mitad hombre y mitad caballo, que representaba la mezcla terrible de los ideales humanistas con la bestialidad de la naturaleza humana, y que por fortuna fue derrotado por Teseo, quien logró separar al hombre de la bestia, el caballo y su jinete, ya desintegrados en seres independientes, han sido representados por escultores y pintores de todos los tiempos.

Pablo Uccello mostró las grupas y extremidades posteriores que pateaban a los enemigos de sus amos en las cruentas batallas prerrenacentistas; Velázquez los pintó tensos y calmos cuando posaban para inmortalizar a los reyes; Arenas Betancourt puso a volar a los caballos criollos y a los jinetes que nos dieron la libertad, en el bello Monumento a Los Lanceros, en el Pantano de Vargas.

El caballo más famoso del arte moderno, el protagonista del Guernika de Picasso, fue plasmado desfragmentado y atormentado como el símbolo de una sociedad inmersa en los contrasentidos e iluminada con la luz eterna de la desesperanza; Augusto Rendón  los grabó revulsivos y con falos gigantescos para mostrar su repulsión contra la doble moral que invade la atmósfera; Rodríguez Arango los modela, los funde a la cera perdida, los dibuja, los deforma, los pinta en su esplendor, de memoria, sin trucos, sin plantillas, con vida, sueltos, libres e indómitos y por sobre todo,  plásticos.

Plásticos y con impronta personal son los toros que Rodríguez Arango ha fundido en relieves que iluminan con sus brillos metálicos los más íntimos ambientes de los matadores más famosos de occidente. Durante nueve años, desde 1990 hasta 1999, en tres convocatorias diferentes, la Corporación Plaza de Toros de Santamaría entregó a los triunfadores de la feria relieves escultóricos con la representación de la fiesta brava. Volúmenes aplastados expresan la tensa calma del encierro en la antesala de la muerte o el indulto y la inmensa majestuosidad y soledad del rey de la fiesta en la arena.

César Rincón, El Juli, El Cordobés, Vicente Barrera, Pedrito de Portugal y los siete triunfadores de cada una de las ferias  del Señor de Monserrate, exhiben los toros de Rodríguez Arango en sus espacios más queridos, no como trofeos insulsos que evocan tardes de gloria olvidadas, sino como esculturas en bronce a la cera perdida que recuerdan tardes de gloria inolvidables.

Miguel Ángel Buonarroti, un hombre genial de espíritu volcánico, el escultor y pintor más afamado de Florencia, Roma y la humanidad, el que firmó como escultor el contrato para pintar los 585 metros de superficie del techo en bóveda de cañon de la Capilla Sixtina,  pintó en 1511, en el pánel número once, La creación de Adán.

Miguel Ángel representó la creación del primer hombre, influido por la teología judeo-cristiana del papa Julio II y la concepción platónica personal, adquirida durante su formación en Florencia, de que la existencia es una desesperanza, como se puede observar en el gesto de aburrimiento y de escepticismo del pobre Adán, traído a la vida sin su permiso.

Cuatrocientos ochenta y dos años después, Rodríguez Arango  ganó el concurso convocado por el Instituto de Fomento Industrial de Colombia, Concesión Salinas y la Corporación Nacional de Turismo, para realizar la obra escultórica que engalanaría la nave central de una de las maravillas del mundo: la nueva Catedral de Sal de Zipaquirá.

Rodríguez Arango realizó el proyecto escultórico titulado La creación del hombre, homenaje a Miguel Ángel, una talla en mármol de 260 cm de diámetro y 20 cm de espesor.

Con el ánimo de hacer más abstracta la imagen del creador, Rodríguez Arango amplió tres veces el tamaño de la mano de Dios en relación a la del hombre.

Para el modelado en arcilla, Rodríguez Arango invitó al taller a diferentes efebos que le sirvieron de modelos,  y a escultores y pintores amigos,  para que dieran sus puntos de vista y de paso le echaran una manito, cuando era menester, para lograr captar el escepticismo del pobre Adán.

Un año duró el proceso de dibujo, modelado, moldeado y talla directa.Con la ayuda de un pantógrafo renacentista se reprodujo con exactitud milimétrica el modelado original.

Para redondear su vinculación con la nueva Catedral de Sal, Rodríguez Arango con el Estudio Taller de las Artes excavó y esculpió en nichos gigantescos que albergaron los Vía-Crucis X y XI de la catedral.

Cuatrocientos ochenta y cuatro años después de que Miguel Ángel pintó al fresco sobre estuco  La creación de Adán, Rodríguez Arango inauguró la escultura de mármol en alto relieve titulada La creación del hombre.

En la inauguración estuvieron presentes los financistas del proyecto, las autoridades civiles y eclesiásticas con sus pompas, los medios de comunicación con sus cámaras y periodistas de espíritu ligero, los líderes sindicales de los mineros con sus respectivas esposas, los zipaquireños orgullosos, escoltas y lagartos.

Nadie percibió al escultor Rodríguez Arango cuando era abrazado, besado y felicitado por un anciano toscano sonriente y de mirada profunda, cabellera, barba larga y canosa, muerto en 1564, que regresaba y gentilmente y le agradecía por la talla que él nunca pudo realizar.

En 1986, el maestro Francisco Gil Tovar publicó en el periódico El Tiempo de Bogotá lo siguiente: Rodríguez Arango es un  escultor- escultor, si vale decirlo así, su labor consiste en esculpir con lo que ello significa estrictamente hablando: dar forma y calidades a la piedra mediante su talla directa con cincel y martillo, tradición que se va perdiendo a mano de tridimensionalistas y constructores...Por eso hay que agradecer que cinceladores como Rodríguez Arango se ocupen de poner al día la tradición, mediante nuevas ideas y preocupaciones que animen la piedra

En 1999, el Ministerio de Cultura, le otorgó conjuntamente con el arquitecto Rafael Achury Briceño, una beca para realizar una investigación sobre La serendípsis, que viene de la palabra inglesa serendipity, que significa azar encontrado a través de una extensa búsqueda. Azar buscado como el descubrimiento de los rayos X y la bujía eléctrica. Ya Homero lo pregonaba como el precioso galardón sólo dispensado a los buscadores de imposibles.

Así, entre convocatorias y concursos, entre la abstracción y la figuración, entre la risa y el llanto, entre el azar y la predestinación, entre el anonimato y la gloria, entre la talla, el modelado, el dibujo, la pintura y su familia, transcurre la vida de Rodríguez Arango.

Texto publicado en el libro El Espíritu Creador de Fernando Guinard, co-editado con la Universidad de Ciencias Aplicadas y Ambientales U.D.C.A. Bogotá, 2003.

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