Vampiros y vampiresas
Por Fernando Guinard

Vivimos en una cultura impúdica y en una atmósfera en la cual se respira el aire visible de la falsedad. La política, la religión, la educación, la economía, y el arte, son el caldo de cultivo de vampiros que chupan la sangre de las víctimas y de farsantes estultos y melifluos que inoculan la epidemia de la tontería en el arte. Entre ese caldo de muertos vivientes, nadando en pro y en contra de las corrientes, emerge un personaje insólito, Gilberto Cerón, contradictorio, en constante evolución, poeta, pintor multidimensional, vampiro que chupa la miel del erotismo, minotauro que se atraganta con las múltiples manifestaciones que inundan vanamente el ambiente del laberinto artístico.

Dice él que no tiene estilo definido, y es verdad, pero sí tiene su propia visión del arte y lo expresa de manera contundente en sus pinturas, en sus creaciones, y en sus conceptos sobre el hecho estético. Su estilo es cambiante como el cosmos, sucesión de eventos sin reglas con múltiples influencias e investigaciones propias, estilo carente de estilo pero con lenguaje propio.

El lenguaje es la declaración de principios”, dice el maestro Fernando Botero en  entrevista concedida a la mona Ana María Escallón publicada en el catálogo del calendario Propal de 1992.

Son muchas las opiniones que sobre el estilo han expresado muchos artistas e intelectuales, tan sólo son eso, opiniones, teorías, como las que quieren explicar las incógnitas de la existencia y del cosmos, o las que quieren coartar la libertad del arte y del erotismo epicúreo.

(…) “Cambiar de estilo  es como cambiar de convicciones (…) El estilo es el resultado de una convicción y para cambiar de estilo se tiene que cambiar de manera de pensar. No se puede abandonar lo que uno cree, lo que se ha hecho, lo que es el resultado de una búsqueda. Se puede decir que hay una evolución en la piel de la pintura, pero las preocupaciones primordiales son las mismas. Después del fenómeno de Picasso, que era un hombre cargado de posibilidades y de contradicciones, todos quieren ser como él. Pero Picasso era un caso aparte. Una excepción. (…)

No hay nada más parecido a la locura que el estilo (…) Hay que ser loco para perseverar en que las cosas no son como son (…) Mientras más fuerte es el estilo, más loco es el artista (…) El que empieza a ver las cosas distintas ya está equivocado (…) Desde el momento en que la persona se desvía de la realidad que ven todos ya esta en el error” (…) dice el maestro Botero en la misma entrevista.

Víctor Laignelet, en epígrafe de uno de sus catálogos opina: “Peligro: el artista que se mimetiza con un estilo formal cae en una trampa vital para la creatividad. Uno de los problemas radica en que el artista puede confundir la camisa de fuerza del estilo con su propia piel. Desprendimiento doloroso”.

Ninguno de los dos tiene la razón porque las verdades no existen. Todo es una mentira, incluso nosotros mismos que somos el sueño de un vampiro,  o quizá somos los hijos de los minotauros devoradores de chicas y chicos, y de espíritus finos.

O tal vez los dos tengan la razón, porque el que pinta siempre con el mismo estilo y las mismas convicciones, tiene estilo, pero no evoluciona, ni involuciona, no asume riesgos, simplemente saborea las mieles del éxito con la misma fórmula, exprime los frutos del erotismo y del amor con la misma mujer, idealiza sus conceptos con las mismas convicciones. Es siempre el mismo, pero diferente, se sostiene, flota, nada, triunfa, los espacios, y las sugerencias poéticas que  crea y expresa, existirán hasta que cambien los gustos y las concepciones del arte y de la vida. El que no tiene estilo definido evoluciona, como Picasso, experimenta, jode, investiga, encuentra.

Así el estilo cambie, la pintura puede seguir siendo el “equilibrio entre los valores puramente formales y los valores expresivos y poéticos (…) en el fondo es más importante la idea y la posición del artista ante la pintura que el resultado accidental (…) La visión del arte es más importante que la visión real por la poesía”, dice el maestro Botero.

Y para saldar esta discusión acudimos a otro genio, irrepetible como Miguel Ángel, el Pablo Picasso, quien a los 83 años (había bebido y creado algunos estilos, en especial el picassiano, abundante en contradicciones) dice: “Por mi parte, desde el “cubismo” y más lejos aún, he contentado a esos señores y a esos críticos con las múltiples extravagancias que me han venido a la cabeza, y cuanto menos las han comprendido, más las han admirado. A fuerza de divertirme con todos esos juegos, con todas esas paparruchas, esos rompecabezas, acertijos y arabescos, me hice célebre rápidamente. Y la celebridad significa para un pintor: ventas, ganancias, fortuna, riqueza. En la actualidad como sabéis, soy célebre y muy rico. Pero cuando estoy a solas conmigo mismo, no tengo el valor de considerarme artista en el sentido grande y antiguo de la palabra.

Ha habido grandes pintores como Giotto, Ticiano, Rembrandt y Goya. Yo no soy más que un bufón público que ha comprendido su tiempo. La mía es una amarga confesión, más dolorosa de lo que pueda aparecer, pero que tiene el mérito de ser sincera.”

Cerón es un pintor multidimensional y lúcido. En su trabajo creativo da pistas para descifrar su mundo y su realidad como artista Ya tiene 30 años de trayectoria y muchos para experimentar, imagino que no reculará, ni que se irá a estilizar como los estilistas.

Desde que realizó en 1977, a la edad de veinte años, su primera exposición colectiva en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá, y hasta la fecha, Cerón ha navegado por el dibujo, la pintura, la fotografía, la performancia, la instalación, el teatro, el happening y la poesía.

Su voltaje es de alta tensión y disfruta del hecho estético. Su sola presencia es una obra de arte, una instalación ambulante que lo convierte en un objeto pletórico de objetos: ropajes de extraños diseños, greñas que mesa a la luz de las estrellas, barba cerrada y labios abiertos de donde emergen dentelladas de risotadas, poemas, besos y conceptos; aretes, prendedores, brazaletes, cadenas, gargantillas y collares adornan su figura con el espíritu erótico de sus musas.

Su casa-taller de Bogotá, ubicada en el Barrio de la Macarena, más conocido como La colina de la deshonra, era una instalación en permanente evolución y crecimiento interior, con calidez y desorden, un laberinto sin hilos salvadores por donde deambulaban los espíritus de las supercherías y los personajes de las fábulas. Allí cada quien se entregaba a su propio destino. Un día presentó su libro de poemas, y el poeta Juan Manuel Roca presentó al autor de los poemas, el sátiro Cerón.

Muchas amadas y amantes han pasado por su pincel, muchas modelos se han dejado seducir para convertirse en cómplices de sus innumerables expediciones por el mundo de las sensaciones y las percepciones, muchas realidades ha abstraído a la estética. Cuando presentó la serie Tumbas para querubines ápteros, primera exposición individual en la Biblioteca Luis Ángel Arango, se inventó espléndidos paisajes de color  que presagiaban la horrible realidad de las acciones de los victimarios. El poeta Juan Manuel Roca los bautizó con el nombre de “tierra madre de criaturas descuartizadas.”

A principios de los años noventa, cuando el espíritu erótico impregnaba la atmósfera, las muchachas deambulaban con pinturas de Cerón en aretes, prendedores y gargantillas en los cuales exhibían felaciones zoofílicas y penetraciones imposibles.

Cuentan los juglares que, estas muchachas portadoras de joyas de contenido erótico, nunca pasaban desapercibidas y siempre atrapaban a los hombres de sus sueños.

Su Casa-Taller, la instalación del barrio  San Fernando de Cali, es muy volátil. Cientos de colgantes y  móviles danzan al ritmo del viento, en compañía de mujeres que se reflejan ante el espejo y de amantes memorables. No sé si todavía se danzará, como se hacía en la instalación de Bogotá, al ritmo de Santana, con esas medusas que paralizaban con su belleza y conducían a los instantes íntimos de la culminación de un proceso erótico.

Hoy, en Bogotá, en Cali, y en el país todo sigue igual. Los monstruos, herederos de los grandes genocidas, dominan la realidad. Por fortuna algunos los desprecian, no muchos, pero estos pocos son suficientes para desenmascararlos.

Y Cerón sigue ahí con su proyecto de propuestas artísticas de “impacto grupal bajo el concepto del arte como experiencia, e interiorización de la experiencia artística.”

El nieto de Europa y Zeus, el hijo de Pasifae y el Toro de Creta, el sobrino de Circe, el primo de la bella Medea, el hijastro de Minos el inventor de la pederastía, el Minotauro, es el protagonista de las series de Amor y muerte ante el espejo. Es un Minotauro más humanizado que el de la superchería griega, más malo y más limitado, el típico macho insaciable, libidinoso y cornudo que deambula por la realidad de la pintura.

Se necesita un Teseo que de muerte a este personaje y a la realidad que nos agobia. Que se traiga a Heracles para combatir a los centauros de paso fino y para encerrar a los matones que devoran a los chicos y a las chicas convertidos en querubines ápteros sepultados en laberintos de ignominia.

Otros seres de otras supercherías protagonizan sus fabulaciones pictóricas, incluso nosotros mismos, los vampiros que roban el líquido sabroso del amor a sus víctimas, víctimas que se transforman en victimarias cuando nos extraen las última gotas de placer y de contradicciones.

 
 
   
   
   
 
   

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