Cultura colombiana en Europa. Aventura a la italiana

Por Ignacio Gómez Jaramillo

En el pequeño y vetusto auditorio del Centro Cultural Comuna Baires, de Milán, la voz aguda de Luz Marina Jaramillo, periodista, locutora y exitosa cantante de música de carrilera y de despecho, se ajustó en impecable interpretación a la música de Orestes Sindici y los arreglos que un pereirano hizo para que ella interpretara el “¡Oh gloria inmarcesible!”, que ese 7 de octubre, tal como estaba previsto desde seis meses antes, obró cual exótico detonante emocional para que los 130 colombianos allí reunidos, sintieran que empezaba a convertirse en realidad un sueño que venía configurándose en un proceso vertiginoso en cuyo trayecto hubo mucho de osadía, algo de azar, todo de avatar y no poco de pesadilla.

La aventura comenzó  en septiembre de 1999, cuando Diana Reyes, chica colombiana de 17 años, residenciada en Milán desde 1997, lanzó al océano de Internet un SOS, como si fuese una botella de náufrago: “Estoy en la ciudad más aburrida del mundo y quisiera hacer algo para mejorar la imagen de Colombia”. El autor recogió la inquietud y publicó la noticia el 5 de marzo, Los sueños de Diana. Llegaron más de mil mensajes de emocionada respuesta, la gran mayoría firmada por artistas profesionales de todos los géneros, lo que sustentó la idea de realizar un Festival Cultural Colombiano, durante el cual, en una semana que se escogió entre el 7 y el 15 de octubre, se programarían actos musicales, encuentros de escritores, danza, teatro, salón de pintores, un coloquio internacional sobre la paz en Colombia y en general toda manifestación artística y cultural capaz de avalar la idea de mejorar la imagen internacional del país mediante la muestra de la creatividad y la disposición de la convivencia por parte de sus protagonistas.

DESENCANTO DIPLOMÁTICO

Con un proyecto que contemplaba en detalle presupuestos y logística para la configuración del sueño, se cometió la grave candidez de golpear en la puerta menos indicada –por pura cortesía, no en busca de apoyo, pues de antemano se sabía que la política cultural de este gobierno es darle a la guerra lo que es de la cultura y a su rosca de favoritos los fondos para el despilfarro.

El asesor cultural del Ministerio de Relaciones Exteriores, Eduardo Serrano, resultó un enardecido burócrata kafkiano que proclamó en voz alta, para que bien lo escucharan todos sus subalternos, que el actual gobierno niega el apoyo a cualquier iniciativa cultural que no provenga de su despacho. La denuncia clara y contundente fue publicada en Lecturas  del 16 de abril (Asesor de incultura) y despertó un auténtico clamor de protesta proveniente de más y más artistas que se sentían irrespetados con tan desobligante tratamiento. Curiosamente, tanto el Canciller como el tibio Ministro de entonces, Juan Luis Mejía, sobre cuyo escritorio permaneció durante seis meses la solicitud para una entrevista de ilustración del proyecto, guardaron silencio, no se sabe si prudente o ignorante.

Lo que sí se vio y se sintió claramente en Milán fue la ausencia del embajador Carlos Martínez Sinahan, a quien precisamente el mismo día en que los colombianos cantaban el himno nacional en la Comuna Baires, se le presentó una lamentable calamidad doméstica que le impidió cumplir el compromiso adquirido y reconfirmado nueve meses atrás. Mientras esto sucedía, la ironía transitaba rampante por la escena del absurdo que ni Arrabal, ni Ionesco, ni los más alucinados surrealistas hubiesen podido concebir: el director del festival permanecía en la sala de urgencias del hospital de Legnano, pueblo vecino a Milán, donde el patatús del síndrome de los disparates le cambió de escenario: de la fiesta colombianista al infierno de la cama con ascensor, suero en la vena y desconocidas y numerosas pastillas e inyecciones como parte inevitable del libreto. Allí, entre la realidad y el delirio, recordó como en el proceso de motivación había enviado cerca de 300 mensajes directos a todas y cada una de las embajadas y consulados de Colombia en el mundo, rogándoles que divulgaran la noticia de la cita en Milán. Sólo cuatro respondieron; la de Bélgica, la de Malasia, la cónsul en Stugartt y la agregada de prensa del consulado en Nueva York, María Eugenia Villa, quien ayudó a difundir la noticia en los principales medios hispanoamericanos de la Gran manzana. El resto, diplomático silencio.

EN EL CUARTO DE SAN ALEJO

El crítico de artes plásticas Fernando Guinard tuvo que hacer de tripas corazón para inaugurar el Salón de Pintores, pues la primera ingrata sorpresa que se llevaron los organizadores, fue la de que en cambio de dos salas prometidas, encontraron un par de diminutas y rústicas paredes de una desapacible cafetería y un sórdido sótano perfecto para cuarto de cachivaches y basuras, pero jamás para que un artista exponga su obra a la consideración internacional. Sólo loa intervención persistente y optimista de Olga Sofía Castellanos, una de las artistas que fungió como curadora y salvadora del flamante salón, logró lo imposible: Marta Zamora, Fernando Maldonado, Rafael Gómez, Yolanda de Valencia, Alberto Gómez, Jaime Delagracia, Germán Cuervo y la propia Olga Sofía, colgaron allí sus cuadros. El escultor Raúl Cortés, quien llegó desde París con una simpática vaca azul en bronce, no dijo ni mu al colocarla sobre una mesa en el modesto e inadecuado lugar enaltecido por la actitud y la obra de los artistas colombianos.

Lo más irónico, lo más significativo, lo más surrealista, lo más absurdo, lo más simbólico fueron los dos grandes ausentes ostensiblemente presentes en la atmósfera de la extravagante escena: De Tiberio Vanegas a quien se rendía homenaje con el memorable Salón, no se encontró una sola obra para mostrar: Tiberio fue una de las víctimas del fatídico accidente de Avianca, que el 23 de diciembre de 1983 se vino al suelo y acabó con la vida de ilustres pasajeros entre quienes se encontraban Marta Traba, Ángel Rama, Manuel Scorza, Jairo Téllez y el invisible homenajeado de Milán. Y el invitado de honor, Fabio Rodríguez, colombiano residenciado y prestigiado en Europa desde hace varias décadas, escritor,  galardonado pintor en los cinco continentes, catedrático de arte y literatura en las principales universidades europeas, tampoco colgó sus cuadros en en la cafetería ni en el sótano de la Comuna Baires. Tanto él como el profesor de Literatura Danilo Manera, cada cual por su lado y sin comunicación entre ellos, coincidieron textualmente en la amarga profecía: “El simple entusiasmo de una chica de 17 años no basta para apoyar la realización de un sueño tan ambicioso” advirtieron. Y tenían razón: Diana jamás sospechó la magnitud que alcanzaría su propuesta; quizás por temor, por inexperiencia o porque no era lo suyo, muy pronto dejó vacío el escenario y aunque hasta última hora se desempeñó como directora honoraria, su gestión fue pasiva y simbólica, con lo cual se creó un enorme suspenso en la tras escena de la tragicomedia que ya había tomado fuerza y forma de animal grande y resultaba imposible abandonar o detener.

HOMBRES Y MUJERES DE PALABRA

Entonces se patentizó la bola de nieve. Y ya no hubo nada que hacer; pintores, teatreros, danzantes, productores de cine y video, músicos, cantantes, bacanes, acompañantes, turistas, solidarios con la causa, se embarcaron y cumplieron la cita. El escritor Armando Romero, desde su sede de catedrático en Cincinatti, estuvo en el momento preciso para inaugurar el Encuentro de Hombres y Mujeres de Palabra. Y en Milán el fuego se hizo verbo y testimonio, se configuró en denuncia y esperanza, en profesión de fe y en alarde de poder. A la cita acudieron también Octavio Escobar, Ketty Cuello, Edgar Bastidas, Winston Morales, Jáder Rivera, Gerardo Meneses, Martha Sepúlveda, Felipe Guerreo, Martha Canfield, Gilberto Castillo, Antonio García, Orlando Mejía, Germán Ciervo y Jorge Gálvez, todos ellos oficiantes permanentes de la liturgia de la palabra, que es compañera fiel, amante ardiente, vigilia y sueño, maga y bruja. Otros, en el exilio, o ante la imposibilidad de acudir a la cita, cumplieron su palabra. “hados equívocos me llevaron de la mano hasta el exilio, muy lejos de Colombia –que es mi más grande amor y mi suprema razón de ser-, siguiendo el amargo turno en esa larga fila india de la más desdichada diáspora de nuestra historia. Solicito de ustedes, queridos creadores e investigadores literarios, que también hagan votos – desde la bella Milán donde se dictó el más bello edicto de paz, tolerancia, convivencia y la reconciliación entre los colombianos y así todas nuestras palabras puedan estar consagradas, en el milenio que se avecina, a las más felices aventuras y ocupaciones de la criatura humana.”, decía el mensaje de José Luis Díaz-Granados, brillante botón de muestra de otros muchos (Octavio Duque, Ricardo Cano, Mario Morales, Luis Alberto García, Germán Uribe, Luz Helena Cordero y por lo menos un par de decenas más de ilustres hombres y mujeres de palabra en la distancia) que conmovieron y dejaron memoria en el encuentro, que jamás resultó como se soñó, pero que de todas maneras quedará en la historia de la palabra de honor en este país a la vez alharaquiento y mudo.

FIN DEL ROLLO

De todo pasó en esta pieza del absurdo: los Bacanes de Barranquilla, Haroldo Martínez y Hugo González, bacanizaron a todo el mundo con su proclama de fe en la consecución de una paz que comienza en casa y siga con el vecino y cunda en la cuadra y repercuta en el barrio y se engolosine en los vericuetos del pueblo y extienda las manos del entendimiento y el respeto a través de los países que conforman nuestro complejo país. Bacanes, bacanísimos, a su manera, fueron Paolo Vignolo y Alexis de Greiff y su compañera Stefania, quienes organizaron y realizaron con éxito El Coloquio por la Paz, en el cual participaron con éxito el sociólogo y periodista colombiano Alfredo Molano, el escritor y periodista italiano Guido Piccoli, experto en asuntos colombianos, otra vez los bacanes de Barranquilla, Luz Mary Rosero y Hernán Cortés, representantes del proceso de comunidades negras en Colombia; Marco Calabria, Gianni Tognoni y Luca Montanari, entre otros.

La presencia del colectivo Adra Danza, “juego entre el movimiento y las palabras para cantar un territorio, una ebullición, un magna que nos envuelve, que nos arrastra” iluminó la escena tanto en la comuna Baires como en el Centro Cultural Leoncavallo. Un grupo de profesionales de danza y de la escena entre quienes estaban la danzarina Arnelle Van Eeclao y el escenógrafo Martin Clausen, con la dirección de la bailarina y coreógrafa colombiana Martha Ruiz, escribió una memorable página de luz y movimiento de gran simbolismo y alta estética, que quedará sin duda en la memoria de quienes se embarcaron en esta odisea colombianista. Una espléndida muestra fotográfica, tomada por niños colombianos, se presentó en la Casa Hispanoamericana de Milán. La fotógrafa Noris Lazzarini y el escritor cucuteño Miguel Ángel Flórez, la hicieron posible. A mucha otra gente a quienes infortunadamente no podemos mencionar por espacio, se debe el éxito y la repercusión de un evento que quizás no tuvo piso, pero en cambio fue capaz de construirse alas.

Después de un año de esfuerzos y vencimiento de múltiples obstáculos, en el momento en que un ansioso público internacional esperaba su presentación, los integrantes del Teatro Laznia, de la Escuela Nacional de Teatro de Cracovia, Polonia, dirigida por el colombiano Giovanni Castellanos, enviaron una carta que a muchos hizo llorar; comunicaban con ostensible tristeza cómo “no podremos estar en el compromiso, porque la burocracia polaca no situó a tiempo los pasajes”. El exitoso director de Teatro Omar Porras, quien maneja la compañía Malandro, que ha recorrido el mundo cosechando aplausos y viendo crecer su prestigio, se pegó la rodadita desde Marsella. El director de cine Gustavo Nieto Roa, cumplió la cita pero no pudo presentar su película Caín, porque los sistemas de proyección de la comuna Baires no eran compatibles con el formato que llevó. El mismo absurdo impidió la proyección de Visa Usa y Milagro en Roma, de Lisandro Duque y el rollo de la muestra fue que no hubo películas. Videos sí, pero limitados a las condiciones técnicas de la sede: el joven productor Juan Carlos Zorrilla proyectó sus trabajos sobre San Basilio de Palenque y el poeta e imaginólogo Felipe Guerrero, residente en Roma, mostró calificadas producciones sobre Medellín y la poesía con imagen y sonido. Otros, muchos otros videos, se quedaron en la caja, esperando una segunda oportunidad.

Y no faltaron los previstos imprevistos: al escritor y ex Rector de la Universidad de Nariño, Edgar Bastidas, un par de dulces rubias milanesas (no colombianas, ni gitanas, ni sudacas, sino milanesas de todo el escalope), le metieron la mano en el metro, para robarle la cartera. A la pintora Olga Cecilia Castellanos no quisieron cambiarle cien dólares en un banco de Milán, porque al ver que en su pasaporte estaba escrita la palabra Colombia, sin fórmula de juicio y en un acto de violación de los derechos humanos, le dijeron que siendo colombiana sus dólares necesariamente eran sospechosos; y al poeta Jotamario le llegaron rotas sus maletas de marca. No se sabe si Interpol o la policía alemana o italiana, y quizás todas a la vez y también una por una, se empeñaron en hurgarle hasta los calzoncillos para encontrar el cuerpo del delito del Nadaísmo, que finalmente hallaron y seguramente repartieron: varios kilos de nada, es decir… ¡todo! Y Milán fue una gran pesadilla, pero también una fiesta inolvidable. Todo fallo, pero también todo funcionó. Al tiempo con el festival, el Po y sus afluentes se desbordaron y provocaron la parálisis y la locura de los trenes, que jamás había ocurrido en la historia italiana. Los artistas colombianos protagonizaron una auténtica fiesta de paz, con los recursos de la imaginación.

El Tiempo, Lecturas Dominicales, págs. 8 y 9, noviembre 19 de 2000.

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