Confesión con el MaReA

Por Fernando Guinard

Soy Estey Ducuara II.

Estey Ducuara II, mi padre, nos abandonó, para siempre, cuando yo tenía ocho años. Mi madre, Edelmira Vargas, es boyacense, de Chita, muy buena comerciante, ha viajado por todo el mundo.

De niño, cuando iba de vacaciones al pueblo de mi madre, pastoreaba un rebaño de 165 ovejas y observaba la majestuosidad silenciosa de la sierra nevada de Chita. Era la época cuando la sierra tenía sus cabellos blancos impregnados de vida. Hoy, dicen, ya esta pelona, reseca y moribunda.

Inicié el bachillerato en el colegio Restrepo Millán, perdí el año. Me trasladaron al Guillermo León Valencia y me tiré el año, no porque fuera bruto sino porque me aburría mucho y, además, nadie me controlaba, pues vivía en casa de unas tías a las que poco les importaba mi rendimiento académico. Tenía casa pero no tenía hogar. Mi madre trabajaba muy duro y viajaba con mucha frecuencia. Cuando me volaba del colegio caminaba sin rumbo por las calles del barrio Restrepo de Bogotá, miraba las vitrinas de los almacenes, bonitas, ordenadas, en los potreros buscaba tréboles de cuatro hojas para la buena suerte. Cuando estaba exhausto me tendía en los pastizales, observaba el firmamento, me extasiaba mirando las contorsiones de las nubes y su infinita gama de grises.

De las vitrinas ordenadas del comercio heredé el orden en la composición de los espacios pictóricos, de mis observaciones de las brumas del tiempo heredé mi afición por el misterio que irradian las atmósferas.

El padre español, Sebastián Bonjour Sales, me aceptó en la Fundación Instituto Tecnológico FITS. Yo tenía 13 años y pensé que iba a ser el alumno más viejo del primero de bachillerato, pero no, resulté siendo el más joven y el mejor estudiante del curso. En el instituto terminé el bachillerato. Allí aprendí ebanistería, soldadura y electricidad. También tomé mis primeras clases de artes que consistían, principalmente, en aprender a bordar y realizar figuritas en un paño ordinario. A las clases de "artes" asistíamos dos hombres, Oscar y yo, y quince mujeres con las que jugábamos al “beso más largo”. Apostábamos la gaseosa pero ninguno de los dos ganaba pues las adolescentes besaban y besaban, y nunca terminaban. Sólo la campana interrumpía nuestro despertar al erotismo.

En el Seminario Menor, ubicado en el barrio Prado Veraniego de Bogotá, practicábamos los ejercicios espirituales con sus correspondientes actividades: ayuno, silencio, oración, meditación, confesión, etc. Mis únicos pecados eran: besar y besar, tener malos pensamientos y malos deseos de connotaciones sexuales y eróticas. Nunca denuncié en confesión a mis hermosas cómplices porque entonces nos suspenderían las clases de “artes”. De estos ejercicios espirituales nació mi amor por el sacro silencio que más tarde expresaría en mi trabajo pictórico con la serie de “Los camposantos”.

También pertenecí al coro. Cuando terminé el bachillerato me llevaron, contra mi voluntad, a prestar el servicio militar en la XIII brigada. Cuando no estábamos dedicados a que nos alienaran con teorías conductistas y a comportarnos como esclavos obedientes y sin cerebro, es decir, como soldados de la patria, carne de cañón con olor a cadaverina, en los ratos libres, boxeaba  con los compañeros y fui campeón de mi categoría. También dibujaba y retrataba a los jefes y compañeros. Mis habilidades con el dibujo y la pintura me permitieron evadirme, varias horas al día, a pintar murales, placas de carros de los jefes, paredes, y egos.

Después, y durante once años, fui profesor en la Escuela Colombiana de Diseño, el Taller 5 y la CUN. Enseñé Diseño Gráfico y Dibujo Anatómico. Del dibujo anatómico heredé la fascinación de trabajar con amarres, que semejan tendones, y con músculos, que dan vida a las estructuras y sensualidad a las formas.

Un día me contaron que una famosa casa de subastas había rematado una pintura de Van Gogh, Los girasoles,  por un puñado de millones de dólares.

Entonces me dediqué a investigar por mi cuenta el extraño mundo de las artes plásticas. Van Gogh, un miserable, que en vida siempre anduvo varado, vendiendo, después de muerto, una de sus pinturas, por una suma con la cual él hubiera podido mantener, de por vida, sus inconclusos sueños, y los de todas las puticas de las que se enamoró. Extraña la vida, el arte y los negocios.

Todo el dinero que recibía lo gastaba en mi gran pasión: los libros. Me volví un ratón de biblioteca, la Luis Ángel Arango de Bogotá fue mi hogar durante mucho tiempo, yo que había sido un “homeless” consuetudinario.

No me perdía ninguna de las exposiciones que realizaba el Museo de Arte Moderno de Bogotá, ni las exposiciones de las galerías Garcés Velásquez, El Callejón, Meindl, El Museo, Quintana, y Los Navas.

Me gustaron mucho la exposición de la suite Volard de Picasso, las retrospectivas de Ignacio Gómez Jaramillo y Fernando de Szyszlo, todas presentadas en el MAM, y la colección Rau, exhibida en la Luis Ángel Arango.

Entre 1995 y 1996, en el Museo de Arte Metropolitano de Los Ángeles, tuve la oportunidad de observar obras de Picasso, Chagall y Calder, y la exposición de esculturas de Botero en las calles de Hollywood. Fernando Botero es uno de mis artistas preferidos. Más allá de la sensualidad de las formas y su aporte al arte, me encantan los elementos ocultos en su obra como las retículas matemáticas de composición, la técnica, el buen gusto.

De los artistas colombianos me gusta mucho la obra de Andrés de Santa María, José Rodríguez Acevedo, Ignacio Gómez Jaramillo, Gonzalo Ariza y Alejandro Obregón. El silencio de los paisajes de Antonio Barrera me parece muy místico. La exposición de María Fernanda Cardozo, en la biblioteca Luis Ángel Arango, en la cual mostró las canillas de vaca, me gustó mucho. Su obra es muy visceral y ella es una maga para apropiar e intervenir espacios. Es la reina de la materia, es la taxidermista de la creación. Me encanta la ingenuidad de Verona, como trabaja y como piensa a la hora de crear. Es espectacular en muchos sentidos. Es como un niño, por sus gestos, sus pantomimas y su inocencia. He aprendido mucho de él. Es una gran promesa. Me quemo la mano por él.

De Bissiére me encantan los silencios de sus crepúsculos y las oscuridades infinitas de sus selvas, y su opinión sobre las confesiones, que publicó la Editorial Blume en el libro Su mundo, con textos y fotografías de Daniel Fresney, que dice asï:

Y el único interés de una confesión consiste en ser total y sin pudor.
Con el orgullo magnífico de decirlo todo sin ocultar nada.
Se me objetará acaso que no se me ha pedido nada y que a nadie le importa mi confesión.
No lo dudo, pero, con todo, tengo la debilidad de esperar que llegará al corazón de algunos, y que de este modo volveré junto a los hombres.
Los hombres a los que yo desprecio con ternura, pues, por ser de los suyos, no valgo más que ellos y comparto su condición miserable y la tristeza infinita de su suerte.
Si pierdo y nadie me tiende la mano, volveré a meter las mías en los bolsillos más profundamente que antes.


La serie que expongo es rica en contenidos sobre la condición humana, también habla del espíritu viviente y del potencial estético que está latente en las cosas desechadas, y que por un extraño don, la mayoría de los humanos no logra percibir.

Las pinturas contienen un espíritu que explota y absorbe el misticismo utópico del silencio y de la noche, y el espíritu de la muerte acompañado de sus correspondientes valores plásticos.

Pero mi trabajo también tiene, como decía Rodin, el espíritu de la vida, y el espíritu del arte, que según Picasso, es la mentira que nos permite interiorizar, y el espíritu de la nostalgia de Irrutia, no como dolor agobiante de lo perdido sino como esperanza de restauración de lo perdido en el presente. Ese es el concepto que acompaña a mi trabajo, más allá de las formas, que integro y visto con el lenguaje de la contemporaneidad.

Soy ladrón de basuras y de espíritus finos, no me apropio de ideas ajenas, no soy facilista ni me robo iconos triunfadores. Robo a las personas que no tienen ideas sobre las posibilidades estéticas de la basura, sus basuras físicas y mentales las convierto en arte, en contraposición a la gran cantidad de basura que impregna los basureros del arte.

Los animales que muestro son perros algunos. Otros son híbridos que fabulan metáforas de la vida, pasión, muerte y resurrección de los seres y los objetos.

El bautizado Homeless, "Sin hogar", es como yo, como los solitarios deseosos de amor.

Como objeto estético, u obra de arte, pronto viajará a ser parte de una de las colecciones más importantes de la Vía Láctea. Y yo sonreiré de la buena suerte de mi perrito y de mi objeto.

En la Academia Superior de Artes de Bogotá ASAB, entre 2003 y 2005, estudié Artes Plásticas. Yo, que había sido docente de arte durante once años, me impresioné mucho con algunos  “maestros” que despreciaban a los estudiantes. Uno, de apellido Ocampo, estaba como muy metido en el Instituto Distrital de Cultura y Turismo, era muy incumplido y no iba a clase. Entonces uno quedaba desprogramado y meditaba sobre la reclusión obligatoria en un espacio conventual, en lugar de estar diseccionando el renacimiento o el cadáver del arte. Lo único que hacía era mostrar una carpeta de recortes de prensa, invitaciones y congratulaciones.

Otros se perdían 15 días y su caballito de batalla era: “investiguen”. Encontré un espacio académico estéril en donde la buena discusión era muy poca. Sin embargo recuerdo con afecto a profesores como Alberto Díaz, contestatario, cuyas expresiones más usadas eran: “Eso es una mierda” o “Me importa un culo”. Excelentes maestros me parecieron: Jayner León, quien enseñaba Dibujo y Vitral. Era muy cordial y sentarse a intercambiar ideas de arte con él, que es un artista consagrado, era una sensación muy agradable. Marcos Roda era un excelente maestro, lo mismo se puede decir de  María Eugenia Cerón: el ejercicio artístico requiere una introspección y ella lo hacía muy bien. Con Andrés Corredor se dialogaba muy sabroso y gracias a él transforme la materia para decir ciertas cosas.

Al final me quedó la sensación, extraña sensación que parece que me influyó, de que la ASAB es un espacio en el que lo entrenan a uno para ensamblar basura, al contrario de  la Javeriana que entrena para la fotografía y el video, y de los Andes, que estimula el arte electrónico, las performancias y las intervenciones de espacios, y de la Nacional, que se especializa en investigación y maestrías.

Se percibe en el ambiente, y a veces huele a mortecino de botadero de basura, mucha simpatía con el arte conceptual, mucha relación entre texto e imagen. El que no lo haga así, tiene huevo. En cada institución enseñan e imponen ciertas tendencias, y no enseñan, ni conducen, ni guían al estudiante al deseo utópico de la consecución del verdadero conocimiento, ese que nos trata de ubicar en el misterio de la existencia.

Otro animal de esta exposición es Becareful (Con cuidado). Tiene una apariencia engañosa, muy parecido a mí, negro, grandote, fuerte, pero a la hora de la verdad es, somos, unas madres.

" Crucemicanchososaurio" es un fósil arqueológico del pasado reciente. Me considero un arqueólogo citadino del siglo XXI. Escudriño, miro, analizo, ensamblo, digo cosas. Los que quieran, pueden remitirse a espacios museográficos donde se exhiben animales prehistóricos, tan reales como mis animales fabulosos.

"Bulldog" es otro ser de la mitología personal. Como un sátiro, o un centauro. Se parece mucho a los humanos. Lucha, embiste, pero se deja clavar banderillas y asesinar. Porque está en inferioridad de condiciones. Porque no tiene las mismas armas. Sin embargo, a veces, lo acarician como a un perro y mueve la cola de contento. Esclavo, débil, subalterno, humano. Lo matan de hambre, de miedo, de verdad, pero, la vida sigue igual.

"Doglamp" es un perro lamparoso, obeso, al  que hay que iluminar artificialmente con el objetivo de que logre germinar un pensamiento exento de dogmatismo. Es desdentado, sin embargo, ladra, fastidia, jode, pero no puede morder. Es como la masa, que a pesar de ser nada, tiene gran información de vida la cual reconstruyo dialogando con su espíritu anónimo.

Los otros animales tienen otras formas, otros espíritus y otras fábulas. Creo que el espectador y el internauta ya pueden reafirmar sus propias lecturas.

También pinto niños. Son los niños de la calle que trabajan en los semáforos para conseguir para el diario y  lograr sobrevivir, siquiera, un día más.

Los "Camposantos" son como una sensación de misticismo, misterio y silencio, atmósferas extrañas, gestadas por las traiciones a la tolerancia. Son como paisajes del campo universal habitado por humanos, después de su paso por este calendario cósmico donde su historia no representa nada.

 
Foto MaReA
Bogotá, 18 de abril de 1970
 
 
De la serie: Los niños de semáforo. Los niños del campo. Óleo sobre lienzo, 110 x 85 cm
 
 
Compañeros de la ASAB
 
Homless, 2006
Madera, metal, cepillos, cera

 

Sombra, una perra aullándole a la luna, 2007
Metal, madera y cepillo

 
 
Compañeros de la ASAB
 
 
 
Ver Biografía Volver a Textos de Fernando Guinard

Libros - Frases Célebres - Virgenes - Poesía - Nadaísmo - El Comic Manga - Artes visuales. Los 50 de la Memoria - Erotismo Prehispánico - El Erotismo del yo
Erotismo y Nociones de Cuerpo - Homenaje al Museo Arte Erótico Americano MaReA y Fernando Guinard - Art & Eros Festival, 2008 - Feria de la Sexualidad
MaReA en Quito - Tiempo de Amor y Erotismo - Fiesta de Eros - Homenaje a Ángel Loochkartt - Bienal de Amor & Éxtasis