Por Fernando Guinard

En septiembre de 2007 se cumplieron 20 años de la concepción del Espíritu Erótico en una orgía onírica con Amparito Grisales y Margarita Rosa de Francisco.

La gestación de este concepto-proyecto-proceso de gran envergadura tuvo una duración de tres años y nació, en septiembre de 1990, en el Museo de Arte Moderno de Bogotá.

Los más importantes artistas plásticos y poetas colombianos sembraron su semilla en el vientre; también los más importantes poetas de otras geografías y otras épocas.

Fue un orgasmo multidisciplinario de expresiones, percepciones y sensaciones sobre el Espíritu Erótico, ese estado de la mente que respira por los poros del sexto sentido: el erotismo, proceso que se inicia con una mirada cómplice y termina en una sonrisa de placer y humanidad.

En septiembre de 2008 la criatura cumple su mayoría de edad, ya puede volar hacia los confines del cosmos.

Muchos de los que participaron en la iniciación de este proceso ya abandonaron las mieles del erotismo pero legaron su espíritu erótico para el goce de los amantes estéticos. Los evocamos con mucho afecto y agradecimiento por su bondad, su arte y su voltaje.

Se fue la maestra Débora Arango, la heroína del arte nacional que asumió su destino incierto enfrentándose a una sociedad estrecha e himenoplástica; la antioqueña católica que plasmó en su pintura a los clérigos recalcitrantes y perversos que sonrientes y armados con rosarios al cinto danzaban con la señora Muerte y cantaban alabanzas al Dios que siempre tiene la razón de la sinrazón; Débora, la mujer que denunció con las armas de la estética a la clase política corrupta y a las canalladas realizadas por sus lacayos; Débora, que liberó a la mujer de su condición sumisa y tontarrona; Débora, la pintora que mostró su Espíritu Erótico en un desnudo contemporáneo que, en palabras del poeta Raúl Gómez Jattin, es una muchacha “excitada y dispuesta con unas tetas como papayas blanditas que no había necesidad de tocar”.

Raúl Gómez Jattin estampilló su cuerpo contra la trompa de un bus. El poeta que escribió versos muy sabrosos sobre el espíritu erótico de su infancia, el poeta del cual se publicaron seis poemas en El Espíritu Erótico como un homenaje a su interioridad desenfadada, desenfrenada y desfachatada, el “putas de la poesía colombiana” según Jaime Jaramillo Escobar, X-504, otro de los grandes poetas del país de los poetas y los pintores.

La poesía de Raúl Gómez Jattin la conocí por el poeta Jotamario, cómplice del Espíritu Erótico, que me regaló el libro Retratos, Amanecer en el Valle del Sinú del Amor, editado con los fondos de la Fundación Simón y Lola Guberek en 1988. Ese mismo día, la poeta y pintora María del Carmen Gamarra, quien emigró a Estados Unidos tras un amor, me regaló el poema Oda a los muchachos que (…) “Corren tiernos a la pasión desaforada enamorados del deseo/ con olores a lácteos e infiernos” (…). La bella María me sugirió que leyera a Constandinos Petros Fotiadis Cavafis, el griego intemporal que dice:

“Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes,
ni al colérico Posidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo” (…)

Raúl Gómez Jattin es el personaje más insólito que he conocido. Lúcido en el estado de la cordura y de armas tomar en el estado de la esquizofrenia. Cuando tuve la oportunidad de compartir con él, siempre en su ciclo de cordura, me pareció un personaje excepcional y sencillo. Tan sencillo que cuando le conté, en La Teja Corrida, que iba a publicar seis poemas de su autoría, me dijo que era un honor que lo pusiera al lado de Jean Arthur Rimbaud, Tennessee Williams, Charles Bukowsky, Allen Gimsberg y Walt Whitman, y que muchas gracias, que no tomaba nada porque estaba juicioso.

En 1991, Luis Ángel Parra y el poeta Fernando Herrera realizaban recitales en el Parque de las Flores de Bogotá. A finales de agosto invitaron a Raúl Gómez Jattin, el poeta que más hinchada tenía en Colombia. Por loco, genial y peligroso.
 
Fui a recoger a Raúl Gómez Jattin al aeropuerto. Venía de Cartagena. Su estatura monumental y su inolvidable presencia resaltaban entre la masa.

Llegó en camisa, descalzo con unas gasas blancas sostenidas con esparadrapo que cubrían sus pies heridos. No venía solo, venía con su amigo o amante de turno. Apenas me vio me saludó con mucho afecto. Y se acordaba de mi nombre y apellido. Me causó una extraña sensación su buena memoria comparada con la mala memoria de aquellas personas a quienes uno es presentado infinitas veces, y no se acuerdan de uno porque, piensan ellos, uno es un pobre diablo. Y uno tampoco se acuerda de ellos porque, piensa uno, son brujas terribles o fantoches.

Cuando le pregunté porqué no llevaba sandalias y el porqué de sus heridas me respondió que las sandalias las había regalado la noche anterior a un muchacho que las necesitaba más que él, y que sus heridas fueron causadas por las patas de una cama metálica de hospital que se desarmó cuando intentó cambiarla de posición.

Porque era carne de la calle, del  hospital y del presidio. En los hospitales descansaba y escribía. Luego, cuando se mamaban de él, lo daban de alta, y lo echaban a la calle con su poesía a cuestas, y los callejeros no soportaban su voltaje y terminaba en la cárcel, y los carceleros no se lo aguantaban y lo remitían al hospital, y así sucesivamente hasta su muerte. “Porque cuando estoy enfermo voy al hospital de caridad Porque sobre todo/ respeto sólo al que lo hace conmigo/ Al que trabaja cada día un pan amargo y solitario y disputado/ como estos versos míos que le robo a la muerte”.

Traía el poeta en el bolsillo de la camisa varios cigarrillos gigantes de marihuana. Creo que era el único personaje en el universo a quien las autoridades daban tal licencia.

Cuando llegamos al parqueadero del aeropuerto y observó mi carro destartalado y chocado en sus costados me dijo: “Fernando, se nota que tú eres el dueño del carro y no el carro dueño tuyo”. Tenía razón.

Los llevé al hotel que les había asignado la organización del recital: La Casa de Rosita, en el barrio La Candelaria, en pleno centro de Bogotá. Los ubicaron en el cuarto más alejado de la recepción y de la administración. Mientras se organizaban, yo los esperaba en el comedor. Pasados unos tres o cuatro minutos comenzó a oler todo el hotel a marihuana, pues claro, el poeta se había metido, a puerta abierta, uno de esos gigantescos cigarrillos que había traído de Cartagena.

En el comedor y mientras servían el desayuno le entregué un ejemplar de El Espíritu Erótico. Le conté que en el Prefacio a la manera de prepucio había escrito que Zeus, después del rapto de Europa y Leda, se había venido al río Magdalena a desbordar su lascivia en las muchachas colombianas, y que disfrazado de burro había raptado a la hija del ribereño, y que con su poder proteico se había transfigurado en el poeta Raúl Gómez Jattin para dar nacimiento a la zoofilia poética folclórica. Estalló en una sonora carcajada que retumbó en el olimpo y que mostró el único colmillo que conservaba en su interior. Me dijo que hubiera sido mejor que lo hubiera transfigurado en Mercurio, el mensajero de los dioses.

Por la noche en el Parque de las Flores se encontraba la flor y nata de los intelectuales que deambulaban por la época en la ciudad de Bogota: poetas, pintores, estudiantes, habitantes de la noche y de la calle esperaban el recital del bardo.

Eduardo Escobar,  poeta a quien Gómez Jattin respetaba y quería, abrió la noche espléndida y leyó algunos poemas de su autoría. Luego, el poeta Jotamario presentó al mensajero de los dioses. Y luego, el poeta de poetas hipnotizó al público que en estado de trance escuchó su poesía hasta que se agotó el repertorio. Y la gente pedía Te quiero burrita, Venía del mercado excitada y dispuesta, Polvos cartageneros, Donde duerme el doble sexo, Aurora no es una mala mujer, Un probable Constantino Cavafis a los 19, Pero no me la daba… Pero el poeta nunca los leyó. Cuando le pregunté la causa de su negativa me dijo que esos poemas eran para leer en privado y no en público, pues el público nunca debía ser agredido.

Y se fue el minotauro indestructible, el maestro Alejandro Obregón, el padre de la pintura moderna en Colombia, el más exitoso exponente de la alegría de vivir. Cuando le mostré el machote del Espíritu Erótico me dijo que si quería pasar a la inmortalidad debía suprimir la mitad de los artistas plásticos que aparecían en el libro. Y que debía incluir en la selección poética a Miguel Rasch Isla.

Como no le hice caso perdí la inmortalidad, y como soy tan lento, sólo hasta ahora satisfago el deseo de editar los piropos que el poeta Rasch Isla le hubiera regalado a cualquiera de las muchachas que exponían su voluptuosidad en El Espíritu Erótico.

(…) “Ella ciñe los muslos vigorosos y plenos,
donde el sexo apremiado se defiende y recata,
mientras se contorsiona con lujurias de gata,
al roce de mis labios que la exploran obscenos” (…)

(…) “mientras sus piernas me formaban una
corona de impudor sobre las sienes” (…)

Y Luis Caballero también se fue. Cuando lo llamé a París para contarle del proyecto de El Espíritu Erótico me preguntó que si yo creía que en Colombia existían siquiera diez pintores. Le contesté que yo pensaba que sí. Y me pidió el favor que le dijera cuáles eran. Y le nombré como veinte, y todo bien.

Y también se fue el maestro Leonel Góngora. Cuando la bella y sensual Vicky Benedetti me lo presentó fue muy atento, hasta me regaló y dedicó “afectuosamente” un grabado. Luego mamó mucho gallo para entregar la fotografía de la pintura de la señora que se masturba haciéndole pistola a los mirones. Un libro de arte erótico sin un trabajo de Góngora sería un contrasentido. Y seguía con la mamadera de gallo. Hasta que al fin me confesó que me estaba mamando gallo porque yo le debía cincuenta mil pesos a su íntimo amigo, el pintor primitivista Antonio Samudio, y que hasta que no le pagara el dinero a su amigo no me entregaba la fotografía de la obra ni autorizaba la publicación de la misma.

Olvidándome de la discreción que me caracteriza tuve que confesarle al maestro Góngora que su íntimo amigo era un gamín y que se había aparecido varias veces en mi casa, a los dos de la mañana, escandaloso y borracho a cobrar la plata que ya le había pagado con whisky a borbotones en la Teja Corrida. Le dije al maestro Góngora que su íntimo amigo bebía en exceso y que se enlagunaba, y que seguramente no se acordaba  con quién y porqué había tomado whisky en cantidades alarmantes cuando a él lo que le gustaba era el aguardiente.

Hoy, después de veinte años no me he podido quitar la desagradable sensación de haber hecho negocios con un maldito lengüilargo alcohólico amnésico.

“¿Qué es lo que dice esa puta? No me refiero a tu mujer, Gongylión, sino a tu lengua”, decía Cátulo, traducido por el cura y poeta Cardenal, refiriéndose al monstruo más abundante en la historia.

Y la muchacha de Góngora fue publicada en El Espíritu Erótico.

Cuando Góngora murió  el maestro Ángel Loochkartt me invitó a  una misa por su eterno descanso. No fui porque no me gustan las ceremonias religiosas. Pero sí lo acompañé en los homenajes que Loochkartt organizó en la Galería Café Libro, con la complicidad de Alberto Littfack. En el último recordatorio Loochkartt construyó un altar iluminado con resplandores de espermas y aromatizado con esencias de rosas y humo de fumadores empedernidos. Y en este aquelarre participaron los amigos del maestro Góngora. Y allí estuvo presente el MaReA con su espíritu erótico, sus pinturas, sus dibujos, y sus cómplices performancistas del Acto Latino: Sergio González, Eliécer Ochoa, Alondra González, y las bellas muchachas bogotánicas. Y me acuerdo que el principal invitado del MaReA fue el maestro Omar Rayo quien contó una bella historia fabulada de sus andanzas con Leonel Góngora.

Y también se fue el maestro Hernando Tejada, el gato de la penumbra que ronda por las orillas del río Cali, el niño sonriente que vivía en la casa de fantasía más bella de la ciudad de la rumba, el solterón empedernido que todos los días almorzaba con una mujer diferente, el escultor que nos hacía sonreír y cuya obra quedó inmortalizada en un bello libro editado por su sobrino Alejandro Valencia Tejada.

Y se fue el bello escultor chileno César Vásquez que huyó de la dictadura del asesino Pinochet y se estableció en Colombia. Y quien después de muchos años de esparcir amor a sus vecinos y amigos se pegó un tiro, pues si no se había dejado matar de Pinochet, menos se iba a dejar matar del creador que le había regalado un cáncer.

Y se fue el hijo de mi difunto amigo el rey Brujo, el príncipe Augusto Lozano, el que tallaba la piedra con las herramientas más insólitas y se metía las drogas más destructoras, el príncipe dormido a quien despertó una francesa que le regaló momentos felices y una hija, y un viaje a París. Después de ser deportado por su extraña locura se vino a Bogotá, y lo estampilló un carro contra el pavimento por no estar en los cinco sentidos.

Y se murió el poeta, novelista y pintor Héctor Rojas Herazo, el hombre cuya estatura literaria ya es leyenda entre la nueva juventud culta, el hombre cuyo espíritu plástico sufrió innumerables atentados por parte de falsificadores estúpidos que ni siquiera tenían el talento de resaltar sus defectos.

Y se murió Saturnino, el pintor de puticas y billaristas, el jugador de billar y fiestero empedernido con quien tuve la oportunidad de intercambiar ideas una noche, y nos dieron las once de la mañana del día siguiente, y tuve que despedirme, pues su voltaje y resistencia tumbaban al que fuera.

Y se murió Álvaro Chaves Mendoza, el bello antropólogo, profesor universitario e investigador que presidió el Instituto Colombiano de Antropología e Historia, el director del Departamento de Antropología de la Universidad Javeriana de Bogotá, el cómplice de El Espíritu Erótico  que escribió el ensayo del Erotismo Prehispánico en el cual dice que el erotismo “desprovisto de las connotaciones culturales, es la manera específica, perfectamente racional, pero irracional en la escogencia de su objeto, que tienen los humanos para transmitir y sentir atracciones, para gozar de su sensualidad y para dar continuidad a su especie”.

Y se fue el maestro Enrique Grau, el anfitrión de las fiestas más teatrales y eróticas que se hayan dado en la Colina de la deshonra de Bogotá.

Y se fue María Mercedes Carranza, la poeta que tenía miedo de esta humanidad perversa y que amaba la cotidianidad con el ser amado, la poeta que le dio vida a la Casa de Poesía Silva, la casa que se está muriendo también después de su partida, la poeta que no soportó el contrasentido de vivir desesperanzada e ingirió licor para alegrar el espíritu y barbitúricos para sedar el cuerpo e iniciar el viaje misterioso por el territorio de los sueños inexistentes. María Mercedes Carranza, una de las grandes poetas colombianas que escribió en la revista Credencial que Fernando Guinard “realiza, a través del tema erótico una hermosa historia de las artes plásticas colombianas” y que el Espíritu Erótico es “un libro gratísimo de leer y de mirar”.

Perdonen ustedes pero necesitaba recordar este choque de afecto que me entusiasma y me recuerda que en el país de los miopes e insensibles el arte erótico sólo es para los amantes estéticos.

Y el poeta y novelista Germán Espinosa se acaba de marchar, tras de su eterno amor, a los confines de la nada.

Y se fueron  José Manuel Arango, Octavio Paz, Charles Bukowsky, José Barroeta, Heberto Padilla, Irving Layton y Allen Gimsberg y Beltrán Morales.

Dice Elmo Valencia que don Fernando Guinard se parece mucho en el físico a don Allen Gimsberg. La gran diferencia, pienso yo, es que el gran poeta Gimsberg, quien fue uno de los líderes de la cultura californiana, era genial, loco y homosexual, en cambio don Fernando Guinard es un pobre marica que fundó el primer Museo de Arte Erótico de América y se inventó el concepto del Espíritu Erótico. Y nadie sospecha nada.

¡Auxilio! ¡Socorro! Bill Gates. Tú que todo lo puedes, que tienes una de las colecciones más importantes de arte y de arte erótico del mundo; tú, quien con tu esposa Melissa han financiado y financian los proyectos que educan a los ignorantes,  ayúdanos a  desembrutecer a los insensibles de la estética erótica, antes de que el planeta colapse.

¡Auxilio! Maestro Fernando Botero, mi querido tocayo que está más allá del bien y del mal; tú, que todo lo puedes, que imploraste al estado colombiano que aceptara regalada tu  colección de arte, que tuviste que rezarle a la virgen María para que te ayudara a que oyeran tus súplicas, la misma virgen que te realizó el milagro de ser uno de los pocos artistas originales y no derivados; tú, maestro que estimulas a los jóvenes artistas colombianos; tú, que dejas tu espíritu generoso por donde quiera que vayas; tú, que sostienes a los ancianos, que das de beber a los sedientos, que tienes el don de la ubicuidad, colabora con este proyecto pionero, original, que busca educar y desembrutecer a las brujas terribles y a los ignorantes, que desea mostrar el espíritu erótico y festivo de los amantes estéticos, en contraposición a la violencia y la muerte. Y especialmente en contra de la pornografía que invade y esclaviza a los humanos animalizados y antiestéticos. Ayúdanos maestro, antes de que llegue de nuevo el miope tontarrón graduado de imbécil que trabaja en la Biblioteca Luis Ángel Arango y me diga: “Cancele ese proyecto, eso no tiene sentido, sería como hacer un museo del paisaje o el bodegón. Cancele ese proyecto”.

Y nadie sospecha nada.

   
 
   
 

Libros - Frases Célebres - Virgenes - Poesía - Nadaísmo - El Comic Manga - Artes visuales. Los 50 de la Memoria - Erotismo Prehispánico - El Erotismo del yo
Erotismo y Nociones de Cuerpo - Homenaje al Museo Arte Erótico Americano MaReA y Fernando Guinard - Art & Eros Festival, 2008 - Feria de la Sexualidad
MaReA en Quito - Tiempo de Amor y Erotismo - Fiesta de Eros - Homenaje a Ángel Loochkartt - Bienal de Amor & Éxtasis