Por José Chalarca

Narciso es una figura secundaria de la riquísima y deslumbrante mitología de los griegos. Era de hijo del río Cefiso y la ninfa Liriope, deidades menores del orden acuático; sus creadores le dieron como nota característica a su existencia una extraordinaria belleza física.

A la hora de su nacimiento Tiresias, el vidente, el arúspice, el que estaba en posesión del más oscuro de los secretos: el futuro, vaticinó a los padres que Narciso viviría eternamente, pasaría con éxito la prueba de la muerte si nunca conociera su propia figura.

La belleza que es el más fatal de los dones conque los dioses regalan a sus criaturas, hizo de Narciso el imán de las miradas de todos los que cruzaban por su frente y el objeto ansiado en el que se encontraban los sueños de amor de aquellos capaces de amar que fueron alcanzados por el hechizo de su hermosura. De él estuvo enamorada la ninfa Eco, condenada por la celosa Hera a decir sólo las palabras finales de cualquier discurso que intentara y a quien Narciso desdeñó precisamente por su falta de palabra.

También lo estuvo el joven Aminio quien tampoco fue correspondido y buscó en la muerte el paliativo final a su pesar de desamor. Animio suplicó a los dioses vengaran el desprecio de que le había hecho objeto el cruel Narciso; fue oido en su petición por Artemisa. La diosa enamoró al huidizo joven y cuando lo tuvo presa de la más encendida pasión, se desentendió de él.

Narciso entonces, sumido en la desesperación y la angustia, se dio a vagar por campo abierto, por jardines y por bosques. Un día, cansado y sediento, llega a la orilla de un manantial de aguas frescas y cristalinas; se tiende entonces a su orilla para beber pero ve su imagen reflejada en el agua y queda prendado de ella. Y en adelante no puede amar a otro ser que no sea a él mismo.

Frente al espejo que le brinda la superficie limpia del agua empieza a descubrir su cuerpo, a recorrer con la mirada cada palmo de su piel, a distinguir uno a uno los accidentes geográficos de su anatomía: la suave pendiente del empeine, las protuberancias de los tobillos, el talón que se afirma en el suelo de la orilla como base de columna y los cinco dedos que parecen adherirse al suelo como raíces a flor de tierra; las piernas que florecen en sus caderas y en el resto del tronco, el montículo del sexo sobre la planicie ondulada del vientre; el pecho, la breve caverna de la axila, su cabeza, su rostro. Se mira de abajo arriba, de arriba abajo, del principio al fin, del este al oeste, del norte al sur. Se palpa con la mirada y verifica el dato con las manos.

Nada le saca del asombro que le causa la visión de su figura; nada supera la maravilla de verse, de respirarse, de escuchar el latido del corazón, eco torrencial de la sangre que fluye por las venas y arterias. Ningún juego produce el ardor de la pasión que le desata su propia figura.


No cesa de contemplarse y entonces presa de la tentación de poseerse empieza a vislumbrar la posible razón para que hubiera rechazado a la preciosa Eco. No existe otro objeto de amor distinto del propio cuerpo, es imposible la trascendencia.

Se abraza otro cuerpo en la ilusión vana de abrazar el propio; se acaricia en él lo que no es posible acariciar en el propio cuerpo; en

 
 
 

él miramos la espalda nuestra que no podemos ver y tocamos la que no nos permite tocar nuestras propias manos, penetramos en la
entraña que no nos podemos penetrar, engendramos los hijos que no nos podemos engendrar. Y nunca salimos de nosotros mismos.

El otro es un pretexto; el hombre est á condenado a la prisión estrecha de la aseidad, a moverse dentro de los límites intangibles del yo, sentenciado a la cadena perpetua de la identidad.

No existe ni es posible más amor que el de sí mismo; el amor de los otros es una perífrasis. Buscamos en los otros labios el contorno real de los nuestros, en los otros ojos el brillo, el color y la intensidad con el que miran los nuestros, en los otros sexos la potencia y el ardor del nuestro o lo que creemos le falta para completar el ciclo que le permita concretar su unidad. El viaje hacia los otros no es otra cosa que el recorrido desesperante del círculo vicioso que envuelve sin misericordia el de nosotros mismos.

Dice la leyenda que Narciso, preso del encanto de la imagen suya que le devolvía el agua, pasó horas y horas y días mirándose, hasta que la muerte lo acabó por inanición. Que fue deshaciéndose lentamente y de sus despojos, como de una crisálida gigante, abrió sus ojos una flor blanca con sus pétalos orlados por una franja roja.

Hubiera sido una salida fácil y hermosa. Pero nada en el hombre tiene salida; la esencia de su existencia es estar siempre en la encrucijada. Los dioses eternos que forjó su imaginación desesperada, determinados por la lógica implacable le han decretado eternidad a sus destinos.


Narciso no encuentra descanso final a su tortura; no cabe siquiera ni un alto insignificante en el movimiento perpetuo de la pasión que mueve la contemplación de su imagen y unas veces acepta con alegría su fortuna y exclama por los labios de Whitman:

Me celebro y me canto./ Y aquello que yo me apropio habrás de apropiarte./ Por que todos los átomos que me pertenecen también te pertenecen.

Estoy enamorado de mí mismo, hay tantas cosas en mí tan deliciosas./ Todos los instantes, todos los sucesos me penetran de alegría./ No sé decir dónde se doblan mis tobillos, ni donde nace mi más pequeño deseo./ Ni dónde nace la amistad que brota de mí, ni la amistad que recibo en cambio.


Otras veces exclama con Vallejo transido de angustia, desesperado de sed:

Hay un vacío en mi aire metafísico que nadie ha de palpar:/ el claustro de un silencio que habló a flor de fuego./ Yo nací un día que Dios estuvo enfermo grave.

Quizá Narciso es la figuración más lograda del destino del hombre condenado desde siempre a navegar por los mares procelosos del ser, conformando su entidad con los retazos de experiencia que dejan aquí y allá los naufragios del ser de los otros.

 
 

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