Por Fernando Guinard

El Espíritu Erótico es un concubinato simbiótico o unión libre entre la plástica, la poesía colombiana y la poesía de otras geografías y épocas. Recoge en sus páginas, en una actitud promiscua, la pluralidad estilística y la diversidad ideológica de seres que han compartido en una religiosidad cósmica, los sueños de la razón y la emoción. Es un recorrido visual y verbal que reúne lo disperso en el espacio y en el tiempo en torno a un tema: el erotismo, mezcla explosiva de pasión y locura, de calma, emoción y desespero que siempre ha estado presente en las leyendas de la creación del hombre, contadas por los juglares de los fríos amaneceres cundiboyacenses, por los cantores de los cálidos y helados aires mediterráneos y por los apóstoles de los desiertos hirvientes y bíblicos del Medio Oriente.

"Es preferible tirar para amar que tirar a matar", le decía al oído la diosa Chía a su hijo Chiíta, mientras este bramaba de placer y sembraba en el vientre incestuoso la semilla de la humanidad. Por la misma época, en otras tierras, Zeus, el padre, el propio en la mitología griega, llevaba una rutinaria vida marital con su hermana Hera, la diosa del matrimonio. Pasado un tiempo prudencial, Zeus, aburrido, voló a enamorar a otras muchachas. A Europa la sedujo transfigurado en toro y a Leda la poseyó transformado en cisne. El incesto, como Chía, la infidelidad, el camuflaje y la zoofilia, fueron sus grandes legados a la humanidad.

Adán y Eva en el lejano paraíso, desnudos e inocentes, también se dejaron tentar por el demonio de la carne; éste, disfrazado de serpiente, los enculebró con su creador, los indujo a probar los frutos del amor prohibido y debido a la ausencia de un culebrero que los rezara y les quitara el maleficio los expulsaron del jardín de la felicidad, condenados a sudar por toda la eternidad. Parieron a Caín y Abel.

Los momentos de felicidad y éxtasis cuando el hombre flota en las aguas tranquilas y dulces del amor, la ausencia y nostalgia cuando lo deseado no ha llegado o ya se ha ido, las miradas perdidas, las líneas sensuales, las formas voluptuosas, los colores excitantes, los gemidos de los alientos, los gritos de placer, los sudores en la batalla de los amantes, la realidad y la fantasía, son la piedra angular de este divertimento dedicado al hombre erótico y a los amantes estéticos.
Luis Alberto Acuña
Los dioses tutelares de los Chibchas, 1935. Óleo sobre madera, 200 x 300 cm.
Colección Museo Nacional
 

En el ámbito mundano, algunos hombres gozan viendo a las muchachas desnudas en el río o en la cama de sus maridos; otros disfrutan mirando calendarios y actuaciones eróticas de hembras apetitosas; y otros se deleitan observando las formas voluptuosas de Amparo, en la pintura de Fernando Botero. Todos estos mirones son los hombres caimán en que nos convertimos cuando miramos unos cuerpos desnudos que estimulan los besos, los abrazos y gestos de los enamorados que disfrutan las palabras ambiguas y los lamentos frenéticos perdidos en la algarabía del clímax.

El hombre erótico, incestuoso, infiel, zoofílico, sudoroso, hijo de dioses y semidiosas, ha trascendido el moho del espacio y las bacterias del tiempo. La Venus de Willendorf, tallada en piedra en el paleolítico, regordeta, mofletuda y anónima, todavía muestra sus encantos en el Museo de Historia Natural de Viena. Hace dos milenios y medio, las orgías representadas en copas y vasos griegos harían colorear a la pálida Cicciolina, reina de la sicalipsis parlamentaria.La Venus Tumaco, descabezada y amputada de los brazos y una de las piernas, con el transcurso de los años se transformaría en La Patasola, que todavía anda en las selvas y los ríos, riendo a carcajadas, envenenando cosechas y almas descarriadas.

 
 
Epifanio Garay
La mujer del levita Efraín, 1899. Óleo sobre tela. Museo Nacional
     
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