Por Jotamario

El verso es vaso santo, escribió un poeta santafereño que no tuvo reparo en depositar en su corazón la cápsula de plomo de una bala mohosa, luego de haber facturado un poema sobre la zoospermia y tendido un largo manto de noche sombría sobre su pasión incestuosa. De pensamientos puros está enpedrado el camino de la literatura sosa, y ya perdida la inocencia y el respeto por los cánones creativos la urna del poema recibe de todo.

El erotismo como tema del arte ha estado presente en todos los tiempos en todas partes. Es más, anterior a la invención del vestido y de la moral, el arte nace desnudo, natural y fornicante como todos los seres. En Colombia -pero antes también había sucedido en el Vaticano, vale aclarar-, se hizo vestir al desnudo de los frescos y los murales y aun de lienzos bien templados, con esa caridad cristiana de los funcionarios que tanto se parece a la timorata ignorancia y al cretinismo. Y la poesía aquí entre nosotros, por lo menos la encuadernada y la pública, si que menos había incursionado en temática tan escabrosa. No había erotismo en la poesía por la falta de donaire y de una pícara elegancia expresiva, así como en esos temas tan elevados y sublimes como la muerte romántica, el amor a la madre y el patriotismo veintijuliero, campeaban la vulgaridad y aun la ramplonería.

Por eso cuando Fernando Guinard me confió el proyecto de dar a la estampa un libro de arte erótico americano con setenta artistas y acompañarlo con igual número de poemas subidos de tono de otros tantos líricos colombianos supe que era imposible. El erotismo no alienta en nuestro parnaso. Y cómo va a alentar, si todavía usamos la palabra parnaso para referirnos al burdel de marfil de los poetas en el país de las guerrillas y los carteles.

Le propusé incorporar poetas de otras nacionalidades y de otras épocas para completar la compilación lujuriante de colombianos y colombianas.

Porque ocurre que ahora son las mujeres que con más atrevimiento se mueven dentro de la lubricidad lírica. Mientras el hombre busca plantear el himeneo con referencías lúdicas trascendentes colindantes con Thanatos, la poeta mujer -que no poetisa- se entrega de lleno a la sensación desaforada en sucesivos orgasmos letrados, como si acabara de salir de la represión española para entrar en el empelote, o como comprobación desilusionante de que su muso colombiano no le hace ni cosquillas tras las caricias.

Se husmearon cientos de poemas con tendencia a la morbidez, y se encontró por lo general un nivel menor de calidad que el de los temas habituales; el amor en seco, las añoranzas frescas, las rutinas urbanas, los conflictos portátiles del país.Se hizo por tanto una escogencia generosa y significativa dentro de la pluralidad de tratamientos utilizados por los líricos del amor desnudo.

Fue una orgiástica sorpresa el encuentro del gran poeta erótico de Colombia, Raúl Gómez Jattin. Con el lenguaje carnal desusado en nuestro elemento y una riqueza conceptual y memoriosa, este poeta representa lo mejor de nuestra desmesura. A él queremos los cómplices de El Espíritu Erótico hacer un gozoso reconocimiento.

Respecto a los poetas de otros ámbitos con otras voces, fue maravillosa la búsqueda y la escogencia. poetas vecinos de latitud y de época, poetas hundidos en un pasado de siglos, todos ellos se hospedan en esta casa de placeres para amantes estéticos donde participarán hasta que la memoria se apague o se desmaterialice este libro, en la orgía perpetua de nuestros plásticos.

 

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