El maestro Augusto Rivera Garcés y el sapo
Fernando Guinard, 2007
Por Fernando Guinard
Uno se muere y sigue aprendiendo a pintar.

Hoy hace 25 años, el 18 de agosto de 1982, murió el maestro Augusto Rivera Garcés, en la Clínica Marly de Bogotá. Murió por muchas causas, por cansancio, por desencanto, por cirrosis, porque a todos nos llega la hora, pero ojala nos llegué después de habernos bebido el último chorro de vida y de habernos gozado las facetas más disparatadas e imaginarias del mundo paralelo de la imaginación y la locura.

Mestizo, con ascendencia indígena, Augusto Rivera nació en Bolívar, Cauca, el 22 de octubre de 1922, un pueblito de mineros supersticiosos que influyeron en las mitologías particulares que el maestro inventó durante su periplo por este valle de lágrimas.

Como buen muchacho estuvo en el seminario, pero  imagino que se pegó una aburrida de los demonios pues su voltaje era mundano y su espíritu libre no le permitía tragar entero dogmas y mentiras embrutecedoras. También trató de ser abogado, pero detestaba las normas y las leyes fabricadas por humanos perversos y falsos. Los estudios de arquitectura le sirvieron para mandar a la mierda la geometría euclidiana y las perspectivas teóricas.

Su espíritu inquieto y curioso lo llevó a viajar por Ecuador, Perú, Argentina y Chile. De Argentina se robó a Mabel, su bella esposa con quien tuvo una princesa intergaláctica. Y en Chile estudió en la Escuela de Bellas Artes, participó en innumerables exposiciones, decoró casinos, y el de Viña del Mar fue el que lo acogió con más afecto; fue allí donde aprendió que la vida es un juego en el que se gana y se pierde. “Yo mismo estoy en mi contra. Sólo que soy mi enemigo de confianza. Yo me he dado mis alegrías y me las he quitado. Me he obsequiado pero también me he robado. He vivido el amor y el desamor. Simultáneamente me ha tocado comer mierda pero también dicha. Por eso sé que nada es gratis, todo se paga”, decía Rivera a diestra y siniestra, a periodistas, amigos y contertulios.

En el año 1955 regresó a Colombia y se convirtió en uno de los artistas más representativos de su generación con Alejandro Obregón, Enrique Grau, Edgar Negret, Juan Antonio Roda y Eduardo Ramírez Villamizar.

Pero Rivera no era disciplinado, era un niño a la deriva a quien le importaba más un buen vaso de vino que la fama. Era el más importante profeta del solipsismo, el pintor de la imaginación más desbordada, el del trazo más certero, el mejor contador de cuentos literarios y pictóricos.

Primera evocación del cardenal Rogelio Hernández Carrera en casa de los andróginos de Bolívar, 1978. Acrílico sobre lienzo
170 x 240 cm.
     
Retrato de Augusto Rivera
Foto Fernando Guinard

Algunas veces llegábamos temprano y nos decía que lo acompañáramos a desayunar. En cualquier tienda del barrio Chapinero Alto pedía su desayuno, pero no le gustaba el café, ni el chocolate, ni el jugo de naranja, ni el pan francés, ni los huevos, pedía una botella de whisky y se bebía media de un solo envión. Y sonreía con satisfacción,  paseaba la lengua sobre sus labios y los impregnaba de licor. Le encantaba, y no disimulaba. “Y bebes ese alcohol, ardiente como tu vida, tu vida que bebes como si fuera aguardiente” le decía desde ultratumba el poeta Apollinaire, o Baudelaire, no me acuerdo.

Era imparable y por la época ya sufría una cirrosis mortal, tan mortal que en los últimos meses de su existencia lo tiraba, cada ocho días, a una clínica de reposo donde le ayudaban a pasar el guayabo eterno.

Los médicos y psiquiatras lo dormían para evitar el delirium tremens que produce la abstinencia alcohólica. Cuando despertaba le daban unas pepitas, huevitos suecos, decía el maestro, que le ayudaban a dormir los deseos de consumir licor, pero no le ayudaban a evitar los tics y temblores que convulsionaban su cuerpo. La abstinencia duraba 5 días y luego continuaba el ciclo semanal y  rítmico: borrachera y hospitalización.

Por la época, la obra del maestro Rivera era, tal vez,  la más codiciada por los raponeros del arte. Algunos marqueteros lo invitaban a tomar aguardiente en las tiendas y le cobraban el favor con dibujos de pequeño formato que el maestro realizaba en el momento y entregaba con desprendimiento. Los marchantes se comportaban como reducidores y le compraban a precio de huevo sus dibujos y pinturas, eran y son esos famosos marchantes que hacen fortuna haciendo harina a los demás, como dice Mafalda. Y la mayoría de dibujos que están en manos de coleccionistas chimbos, son chimbos. Los falsificadores  que nunca lo vieron dibujar, no conocieron sus secretos de los chorreados.

Davivienda tiene una buena cantidad de dibujos auténticos de Augusto Rivera. El benjamín de la edición en Colombia debería editar un libro del maestro Rivera. Es fácil. Con el dinero de Davivienda, es decir, con el burro amarrado, la edición es muy viable. Demasiado viable. Y con el “análisis profundo”, y el buen gusto de Villegas Editores se podría, al fin, inmortalizar al maestro de las formas, la imaginación, la factura y la locura.

Aunque “más importante que la inmortalidad es un vaso de vino”, le diría el maestro Rivera al benjamín de la edición.

Al maestro Rivera también lo visitaban galeristas internacionales, especialmente norteamericanos que querían exhibir su obra, pero que al mismo tiempo exigían pintura en cantidades considerables. Rivera les decía que con mucho gusto, que vinieran dentro de un año y les tendría, mínimo 30 pinturas de buen formato y cientos de pinturas de pequeño formato. Y efectivamente, al año volvían los galeristas y el maestro les tenía cientos de pinturas, pero en su imaginación. Para espantarles la cara de disgusto a los señores el maestro les decía: siéntense ahí, que ustedes con esas caras de coyotes son ideales para pintar. Y salían felices con sus retratos, monstruosos, pero bellos. 
El maestro Rivera pintando el mural que se ubicó en el Centro de Convenciones de Cartagena, 1982.
Foto Fernando Guinard
 

Augusto Rivera, Fernando Guinard y el "cardenal" Le.
Foto archivo MaReA

   
 
Mabel de Rivera
   
  En 1962 realizó una exposición individual en la Galería El Callejón. Martha Traba,  escribió en la Nueva Prensa una crítica muy puntual sobre la obra que tituló: Augusto Rivera en primera plana.

En 1964 participó en el XVI Salón Anual de artistas colombianos, entre octubre 20 y noviembre 19, en el que declararon fuera de concurso al escultor-diseñador Edgar Negret, a la ceramista Beatriz Daza, y al grabador, dibujante y pintor Augusto Rendón.

El jurado de admisión estuvo integrado por los pintores Juan Antonio Roda y Manuel Hernández, y por el dramaturgo y director de teatro Santiago García. El jurado calificador, integrado por los señores Oswaldo Trejo, Enrique Zerda y Francisco Posada, dio el premio Nacional de Pintura al maestro Augusto Rivera, con su obra Paisaje y carroña, una sensación pictórica y humana de los estertores de la malparidez de la violencia; el Premio Especial lo dieron al maestro Juan Antonio Roda con la obra Los Acosta; el  Premio Carlos Dupuy lo dieron a Álvaro Herrán con la obra Los elementos del agua; y la mención a Arcadio González con la obra Sobre la serie azul y rojo.

El Premio Nacional de Escultura lo ganó Eduardo Ramírez Villamizar con Saludo al astronauta; y el segundo premio Alicia Tafur con Germinación; y la Mención el maestro Hernando Tejada con Viaje al tiempo.

El Premio de Dibujo fue otorgado al maestro Leonel Góngora con la obra El gran inquisidor; el premio de Grabado y el de Cerámica lo declararon Desierto.

Marta Traba, -el apellido podría significar trabar el libre desarrollo de la personalidad-, dijo, entre muchas cosas malas, que este salón “No tiene coartadas; no es Salón de jóvenes, ni de viejos, ni de maestros, ni de aficionados (…) uno de los más mediocres conjuntos que hemos padecido en los últimos tiempos” (…) 

Ella, hipotéticamente, premió en Pintura a Gastón Betelli y al primitivista Antonio Samudio; y a Pedro Alcántara Herrán en Dibujo; y a Álvaro Herrán, Tina Vallejo, Feliza Bursztyn, Hugo Martínez y Guillermo Rodríguez en escultura.

Bueno, eso es lo bueno de pensar diferente. Cada quien maneja sus propios solipsismos.

Las mitologías personales de Augusto Rivera Garcés fueron atrapadas y publicadas, en 1987, por Richard Morgan Stewart, un norteamericano simpático, y antipático, -tenía unas torcidas de jeta como para espantar paramilitares-, que visitaba mucho al maestro Rivera con el objetivo de extraerle hasta la última gota de los monstruos de su imaginación; el maestro Rivera lo atendía con mucha amabilidad, como con respeto, por el hecho de inmortalizar su verborrea imaginativa plagada de personajes insólitos.

En 1981, no me acuerdo, ni la hora, ni el día, ni el mes, a uno todo se le olvida, incluso  las cosas importantes que ha hecho en su vida, tuve la oportunidad de conocer al maestro Augusto Rivera. Nos convertimos en buenos amigos, fue como mi maestro del arte, y fuimos compinches de alucinaciones reales y ficticias, compartimos las más exquisitas viandas, libamos néctares espirituosos, en compañía del loco Ricardo Sarmiento, otro que se bebió y se jugó la vida hasta el extremo de encontrar la muerte de manos de un matarife.

Con el loco Sarmiento visitábamos a Rivera  dos veces por semana, lo mirábamos pintar y dibujar, era un placer, casi infinito, ver como disparaba sus ráfagas de tierras y acrílicos sobre los lienzos. Y era un placer verlo dibujar sus monstruos con sus formas propias, a la velocidad del relámpago, con trazo automático y gestualidad desbordada, sin interrupciones, mientras contaba la historia de sus personajes inexistentes y bebía  vino, whisky, vodka, o lo que fuera.
 
 
Que me saquen diez liberales, 1981. Mixta sobre cartón Ilustration
70 x 100 cm
   
 
Los contertulios, 1981c. Tinta sobre cartulina, 25 x 40 cm
Colección Museo Arte Erótico Americano MaReA
   
  Por la época se había inaugurado el Centro de Convenciones de Cartagena. El decorador, un señor de apellido García, había seleccionado a tres artistas plásticos para que pintaran el espíritu de la ciudad y de sus gentes. Alejandro Obregón pintó la atmósfera zoológica- pictórica caribeña; Enrique Grau pintó las anécdotas de la historia cartagenera, ángeles indígenas, aculturizadores españoles, militares e inquisidores evangelistas, y defensores de esclavos, y reinas;  y  Augusto Rivera también pintó la historia de Cartagena, pero con más imaginación y más estallidos de formas y colores, y monstruos.  

Un día estuvo terminado el mural. El decorador tuvo toda la paciencia del mundo para la entrega de la obra, y el Centro de Convenciones también. Era bien sabido que el maestro era el rey de la impuntualidad y de la indisciplina, no le gustaba el conductismo de la seriedad. Era libre, y loco, y genial.

En uno de esos pocos días de lucidez y de cordura, es decir, cuando salía de la clínica de reposo con los huevitos suecos que le impedían, en teoría, consumir alcohol y calmar el delirium tremens, le propuse al maestro que lleváramos el mural a Cartagena, que yo pagaba los pasajes de avión, el seguro del mural, y que él pagara el hotel y la comida en la ciudad de Cartagena durante los cuatro días de estadía. En eso quedamos.

El maestro le tenía pánico al viaje en avión. Y más si estaba en sus cinco sentidos. Creía que se iba a caer. Y que se iba a morir.

El mural lo aseguramos contra pérdida total, por si acaso le sucedía algo, pues no iba protegido por un guacal de madera como se estila. Después me enteré que si el mural se hubiera deteriorado, o si el avión se hubiera  caído y se hubieran matado todos los pasajeros, y la carga se hubiera destrozado y esparcido por kilómetros cuadrados de atmósfera, y si los investigadores hubieran encontrado un fragmento de la pintura del maestro Rivera, no se hubiera podido cobrar el seguro pues se había asegurado por pérdida total y en este caso se había salvado un centímetro cuadrado de tela pintada.
   
 
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