Eros, una explosión perfecta

Por Beatriz Gómez Giraldo

 
           
 

Así como la energía de la muerte se muestra implacable y deseosa sobre el territorio de los vivos, de la misma forma, la fuerza de lo erótico recorre con objetivo colonizador los pliegues inexactos de lo pasional, para inaugurar allí una nueva bandera, los colores subversivos de la sensualidad.

Héroe de fantasías inconfesables, Eros se las ha ingeniado para sobrevivir al mundo de la razón, y por ello desde tiempos inmemoriales exhibe su parafernalia entre los nudos voluptuosos de ciertas palabras y las posibilidades expresivas de la imagen.

Pues bien, la última explosión erótica que nos regala este país de la violencia es un libro lujosamente editado por el Taller De-mente Colombiano y lanzado este miércoles desde el segundo piso de la Biblioteca Piloto.

Se trata de El Espíritu Erótico, en honor de los amantes estéticos, y apto para cardíacos. Fernando Guinard, Jotamario (nadaísta, ni más faltaba) y Álvaro Chaves fueron los encargados de este libro que nos abre la puerta con un prefacio a la manera de prepucio.

Esta especie de prólogo hace un rápido recorrido por los puntos clave que han provocado el erotismo en la plástica, desde la Colombia prehispánica hasta Luis Caballero.

Nos presenta una serie de pinturas eróticas que han florecido en manos de artistas colombianos como Pedro Nel Gómez, Débora Arango, Alejandro Obregón, Grau, Botero, Flor María Bouhot, Góngora, Álvaro Barrios, Mario Gordillo, Jorge Posada, Cristina Llano y otros más.

Y como si no bastara esta galería de la pasión descomunal, entre pintura y pintura se nos atraviesan textos en fervoroso estado de calidez: Francisco de Quevedo por allí, Rimbaud por allá, Tennessee Williams más allá, Orietta Lozano un poco más allá del más acá y por ahí se van paseando Juan Manuel Roca, Darío Lemos, Darío Jaramillo Agudelo, Gonzalo Arango, Apollinaire, Raúl Gómez Jattin, para no alargar la lista.

Cien caballos galopando permanecen en mi gruta,
cien caballos desbocándose en mi abismo,
cien señales terribles que me tocan
y el silencio huye y huyen los sonidos.
Todo va más allá cundo tu rojo pez
nada en mis aguas.

Y suavemente se detiene a mis orillas.
Cobra el amor olor a tinta, a mar, a sangre
despeñada de la herida
y el vacío se plaga de un crujir de cuerpos
y tu carne viene a redimir mi verbo.

Tiembla tu luz ya desbocada en mi grieta oscura y húmeda.
¡Amor!, brota la palabra como un pájaro en delirio
y mi gruta se contrae y moja al paso
esa luz directa, ese reflejo, ese fulgor
hasta entonces innombrable.

Con envidiable lucidez José Chalarca nos aclara, para terminar este libro en honor a erotómanos ilustrados, que no existe más que el amor hacia sí mismo. “El amor en los otros es una perífrasis. Buscamos en los otros labios el contorno real de los nuestros, en los otros sexos la potencia y el ardor del nuestro o lo que creemos le falta para completar el ciclo que le permite concretar su unidad. El viaje hacia los otros no es otra cosa que el recorrido desesperante del círculo vicioso que envuelve sin misericordia el de nosotros mismos.

Texto publicado en El Colombiano, Medellín, Página 15, Noviembre 25 de 1990

 
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