Felipe Domínguez y Salvador Dalí

Una serendipsis de pasión, tortura, calma y éxtasis

Por Fernando Guinard
 
Los proyectos que hace Dalí tardan años en realizarse
Salvador Dalí

Con esta frase termina el libro Dalí Secreto que Antonio D. Olano publicó en 1975, tres años antes de que Felipe Domínguez Zamorano, un muchacho colombiano de veinte años que residía en el hotel Ritz de Barcelona conociera al divino Salvador Dalí, huésped que deambulaba por el Ritz como si fuera su propia casa.

Dalí tenía 74 años y era el rey del hotel. Por su espíritu curioso y sus antenas atentas Dalí ya había percibido el espíritu curioso que irradiaba el muchacho colombiano.


Domínguez Zamorano ya había soñado a Dalí. No sólo le parecía el artista más genial del siglo XX sino que había soñado que estaría sentado en el trono de su casa de Port Lligat guiado por Gala; había soñado que los textos autobiográficos, paranoicos, satíricos y mamagallistas del maestro ayudarían a descretinizar al santoral de la bobería en Colombia.

A los veinte años, Felipe Domínguez ya era un editor de renombre en el ámbito y se codeaba con los más importantes artistas plásticos, escritores, intelectuales y políticos colombianos.
 
Felipe Domínguez y Salvador Dalí
   
 
Había editado obra gráfica de Alejandro Obregón, Enrique Grau, Omar Rayo, Lucy Tejada, Carlos Granada, Santiago Cárdenas y David Manzur, grabados que salieron al mercado a $7.000 y a los tres días ya se cotizaban en $150.000. El muchacho empresario se convirtió en una tromba de hacer dinero y despertó algún tipo de animadversión entre los directores de talleres de gráfica izquierdistas que seguían las doctrinas soviéticas y que además eran los únicos impresores de aguafuertes, aguatintas, litografías y serigrafías en Colombia.

Al querer realizar otras ediciones en estos talleres, las cotizaciones por la impresión de la obra gráfica se dispararon hacia el infinito, mejor dicho, “utilizaron la estrategia de los mamertos, que es nunca decir que no”. Sin embargo, lograron espantarlo y terminó en Cartagena donde el pintor Alejandro Obregón quien le sugirió que viajara a Barcelona donde había talleres muy buenos y muy económicos.

La serendipsis, que es el azar encontrado a través de una intensa búsqueda, o el dadivoso azar y el gracioso galardón sólo dispensado a los buscadores de imposibles como decía Homero, -el de la Ilíada y la Odisea,-no el Homero Simpson-, permitió que el soñador Domínguez Zamorano y el maestro Dalí se encontraran en el Ritz.

Por la casa-taller de Port Lligat, la casa del príncipe más notable de la historia del arte, habían pasado los más encumbrados personajes del santoral de la tierra, habían desfilado las más bellas princesas de las monarquías, las más cotizadas modelos, los más valientes toreros, los más estrafalarios hippies, los cantantes al uso, los periodistas y fotógrafos de los más pedantes medios de comunicación, los efebos más carismáticos y coquetos de la vía láctea, coleccionistas ávidos y lameculos cretinizados, y Amanda Lear, la más bella transformista que deambulaba por occidente, y quien acompañaba de vez en cuando a Dalí y le regalaba el afecto y el erotismo que sólo un ángel de su especie podía irradiar.

Domínguez Zamorano llegó a la casa de Port Lligat, le abrió la puerta un señor de guantes blancos y smoking y un oso disecado que Dalí exhibía como el prototipo del mal gusto de los españoles lo recibió con un fuerte abrazo. El oso kitsch era uno más de los innumerables objetos espantosos que acompañaban a Dalí y a pesar de su feúra le parecían muy creativos.

“El buen gusto, que es todo lo francés –decía Dalí- resulta estéril. Picasso es un ejemplo de mal gusto. Y Dalí, su modesto servidor, también. Claro que hay gentes como Velásquez que tienen un gusto tan sublime que nos redime a los demás de todos nuestros pecados. El francés está perdido por su buen gusto. Le salen cosas demasiado grises, muy rosas. Y ello es debido a que tiene miedo al ridículo, a no hacer la obra bien hecha que decía D´Ors. ¡Y así están perdidos! El español, crea, sin prejuicios. Y, así, le salen estas cosas horrendas, de un terrible mal gusto y, a la vez, llenas de vida y creatividad. Yo creo que lo cursi es el miedo al kitsch. Los que hacen obras kitsch, buscan la palabra cursi para que los proteja del kitsch”.
 
En el ambiente de Dalí también se percibía una atmósfera surrealista plagada de automatismo inconsciente que le devolvía a la mente su función real sin intervención de la razón, la moral y la estética, y una atmosfera libidinosa que respiraba por los poros del sexto sentido.

Dalí, el maestro de la agresión dialéctica, el que provoca a los periodistas diciéndoles que como son tan poco inteligentes les toca escribir en periódicos y revistas, el que opina que la única cultura que se le puede dar al pueblo, a la masa, a la chusma, es que vayan a misa, que bauticen a los niños, que hagan la primera comunión y que se confiesen para corroborar su cretinez de gente vulgar.  Dalí, el terror de los paranoicos de pronto apareció con una túnica blanca, resplandeciente, mirada penetrante y bigote escudriñador. No recibió a Domínguez con el ataque de risa loca con el que acostumbraba a recibir a sus visitantes ni le dijo que se le había perdido la libido.  “Mi sensación al verlo fue semejante a la que tuvo, en la lejana Biblia, algún patriarca cuando se le manifestaba Dios –dice Domínguez-. Y continúa: Estuvimos a solas durante más de cuarenta minutos. Me habló como un hombre común, con gestos afables y con gran cortesía. Le mostré las publicaciones
 
Fernando Maldonado.
Salvador Dalí, 2007. Óleo sobre lienzo, 25 x 35 cm

que dirigía en mi país y su importancia e influencia en mi manera de ver la vida. Le invité para que realizara unas obras en homenaje y en conmemoración del 150 aniversario de la muerte del Libertador de América, Simón Bolívar, que se celebraría en 1980, evento que para toda América era trascendental. Me ofreció champaña rosada, luego bajo Gala”.

Gala, con sus 74 años a cuestas sentó a Domínguez en el trono de Dalí. Gala, la dicha del espíritu erótico de Dalí  escribió sobre ella: “Yo bruñí a Gala para hacerla brillar, haciéndola lo más feliz posible, y la cuidé aun mejor que a mí mismo, pues sin ella todo se hubiese acabado”.

Poco después llegaron, invitados por Carlos Lozano y María Sala (quien luego se convertiría en la esposa de Giovanni Agnelli), el pintor Enrique Grau, la cónsul colombiana en Barcelona y otras personas que realizaron fotos de la reunión, una de las cuales publicó Clifford Thurlow, muy amigo de Dalí, en el libro de las memorias de Carlos Lozano, en el año 2000, editado por Razor.

Carlos Lozano, un barranquillero muy amigo de Dalí había sido bailarín del ballet de las Américas de Nueva York. Era el productor y cómplice de las acciones y happenings eróticos y orgiásticos que se realizaban con mucha frecuencia en el taller de Port Lligat, donde el voltaje de los anfitriones era el ingrediente que le daba el punto preciso al espíritu festivo.

Dalí había sido y era el genio y promotor de las fiestas más locas y surrealistas a las cuales asistían los más ricos y los más snobs del planeta. Las damas desnudas acudían con jaulas sobre sus cabezas y con cagarrutas de aves sobre sus elegantes peinados. Las intelectuales exhibían postizos umbrales húmedos de los cuales brotaban efluvios de todos los colores. En una de esas rumbas Gala se presentó como una muerta en cuya cabeza portaba un bebé objeto que era devorado por hormigas y cuyo cráneo estaba atenazado por una langosta carroñera que irradiaba fosforescencias iridiscentes.

Antes de que llegaran los invitados Dalí le había sugerido a Domínguez que se reunieran al día siguiente en el Café –Bar Astoria de Figueres, cercano al Teatro - Museo Dalí, para presentarle a Enrique Sabater, su secretario, con el objeto de precisar el alcance del contrato de compra de dos originales en planchas de cobre y los correspondientes derechos de reproducción y edición de los grabados sobre la temática del homenaje al libertador Simón Bolívar.

El teatro – Museo Dalí, en Figueras, inaugurado el 28 de septiembre de 1974, cuando Dalí tenía 70 años, instalado en el que fue el Teatro Principal donde Dalí realizó su primera exposición “no era una tumba estática –decía Dalí- estaba abierta para todos los happenings espirituales y artísticos de Europa y de América. Un lugar donde se puedan realizar las exposiciones de mis amigos”.
Después de este primer encuentro Sabater y Domínguez acordaron reunirse de nuevo, en el verano de 1979, con el fin de que Domínguez tuviera el tiempo necesario para montar la infraestructura del proyecto.

Ya en Colombia Domínguez sonreía feliz. Dirigía y editaba la Gaceta II, un periódico socio-cultural en el cual colaboraban como escritores y columnistas, plumas de pensamientos tan disímiles como Eduardo Caballero Calderón, Gustavo Álvarez Gardeázabal, Alejo Carpentier, Ramón Garzón, Lluís Permanyer, Janos Abkarovits, Umberto Valverde, Enrique Gómez Hurtado, Eduardo Carranza, Mario Laserna, Fabio Lozano Simonelli, Carlos Vesga Duarte, Jorge Padilla, Álvaro Valencia Tovar, Jaime Duarte French, Fernando Soto Aparicio, Augusto de Pombo Pareja y Luis Vidales entre otros; publicaba textos e imágenes de lo que representaba Salvador Dalí para la cultura contemporánea; negociaba con artistas colombianos como Juan Antonio Roda, Luis Caballero, Jorge Mantilla Caballero, Mario Gordillo, Oscar Muñoz, Antonio Barrera, Augusto Rendón, Ever Astudillo, Francisco Roca, Heriberto Cogollo, Beatriz González, Gregorio Cuartas, Carlos Rojas y Arnulfo Luna, sobre el tema de Libertad-Colombia.

Como hombre de mundo asistía a los eventos sociales acompañado de bellas modelos y reinas que despertaban la libido palpitante.
Alquiló un apartamento en París, realizó viajes intercontinentales, contrató relacionistas públicos y fotógrafos para promocionar el proyecto con Dalí quien preparaba su gran retrospectiva en Beabourg, 1979, y la muestra en la Tate Gallery de Londres en 1980.

Vendía por anticipado los grabados que realizaría Dalí sobre el libertador de América con solo informar sobre el proyecto.

Desde el primer día que se conocieron Dalí decidió apodar “Campuzano” a Felipe Domínguez porque le recordaba al pintor colombiano Ignacio Gómez Campuzano quien había sido su amigo y compañero en la Academia de San Fernando en Madrid.
De común acuerdo con Dalí, Domínguez o “Campuzano”, se estableció en París como ciudad base y con sedes alternas en Barcelona y Cadaqués, con el objetivo de estar disponible en cualquier momento para la firma del acuerdo pactado con Dalí y su secretario Sabater.

Después de transcurrido un mes y medio, el 11 de agosto de 1979, el señor Sabater recibió a Domínguez para elaborar el contrato que fue firmado al día siguiente en la casa de Salvador Dalí en Port Lligat, con la presencia de un fotógrafo que registró el evento.

Mientras esperaba la cita con Sabater y Dalí para finiquitar el negocio, Domínguez conoció al maestro Antonio Pitxot con quien asistió al concierto ofrecido por Jean Pierre Rampall en honor de Dalí en la iglesia de Cadaqués.

Ya de regreso en Colombia, Domínguez editó varios grabados sobre la temática de los caballos, del intelectual, político y dibujante Álvaro Gómez Hurtado con quien también realizó en 1981 el Primer Seminario de Política, en compañía de Alfonso López Michelsen, Antonio García Nossa, Andrés Holguín y Alberto Dangond Uribe.

Como participante del Comité Asesor del político liberal Alfonso López Michelsen compartía espacios con César Gaviria Trujillo y Ernesto Samper Pizano, quienes luego  serían presidentes de Colombia; con Guillermo Perry, quién después fue Ministro de Hacienda y alto funcionario del BID; y con la bella Saturia Esguerra Portocarrero.

La muerte de Gala, el 10 de junio de 1982, la amada amante, modelo, musa y cómplice de Dalí, lo desequilibró. Se retiró a vivir al castillo que él le había regalado para que gozara su libertad, y comenzó a morirse, con lentitud, hasta que en 1989 dio su último suspiro.

Dalí no cumplió el compromiso adquirido con Domínguez, al señor Sabater lo acusaron de múltiples irregularidades y los escándalos por la falsificación de obra gráfica y la celebración de contratos ficticios se sumó al fracaso de un gran proyecto. Todo se dañó y los planes para celebrar el sesquicentenario de la muerte del libertador Simón Bolívar, con la presencia de Dalí, se desmoronaron como un castillo de naipes.

La energía serendíptica se transformó en una realidad agobiante. Y “Campuzano” comenzó a padecer. Los grabados de Dalí nunca aparecieron. Los inversionistas y coleccionistas comenzaron a marearse, a desconfiar, la credibilidad del país en el gran editor se perdió y Domínguez quedó con la mancha de un gran fracaso.

Pero Domínguez, como todo personaje que se sale de los límites de lo establecido, no huyó del trascendentalismo, levantó controversias a la medida de sus contrincantes, no se asustó ante las opiniones negativas de los ingratos, no se escondió de los rivales que le fustigaban la existencia, más bien, insufló en los espíritus incrédulos el espíritu evolutivo y revolucionario que da vida al desarrollo mental y perceptivo.

Después de algunos años de pelear sus derechos adquiridos, Enrique Sabater le ofreció a Domínguez algunas alternativas para cumplir los compromisos adquiridos como fueron las de producir múltiples en formato de escultura y la cesión de los derechos para la publicación de las memorias de Dalí, pero Domínguez no aceptó el ofrecimiento por la situación de deslegitimación que Sabater padecía y consideró que era mejor  esperar a que se aclararan las cosas para recuperar su proyecto y la confianza de las personas que creyeron en él.

El tiempo pasó, en 1989, el escritor Luis Romero publicó el libro Dedálico Dalí, cuyo texto cuestionaba la legitimidad de muchas de las acciones realizadas por Dalí en el transcurso de su vida.

Domínguez se confundió más y sentía que no tenía un interlocutor legítimo.

Se arrimaba cada vez más a la sombra de su fracaso.

En agosto de 2001, y después de 23 años de arrastrar su anti destino, Domínguez se fue a vivir a Barcelona. Se contactó con la Fundación Dalí para confirmar la existencia del contrato del cual ya había enviado copia al gerente. Y descubrió que se estaban haciendo los locos. “Señor Domínguez, si ha esperado 30 años, no importa esperar un tiempo más” le escribió Joan Manuel Sevillano, gerente de la Fundación Gala-Salvador Dalí, con la frescura de un cínico.

“Cada día que pasa es un día menos en mi vida señor Sevillano. Finalmente, como dice alguien, uno no es sino lo que le queda de vida. Tengo la esperanza puesta en ustedes. Confío en su buena fe, en su capacidad y en sus buenos reflejos para comprender lo que aquí está involucrado” le escribía Domínguez Zamorano al señor Sevillano en junio de 2004.

Como conozco el espíritu monárquico de Dalí y su maestría en el manejo de la ambigüedad, sospecho que no cumplió con Domínguez Zamorano los compromisos adquiridos, porque Dalí era un monárquico a quien  no le interesaba para nada la libertad de los cretinos, y menos, que celebraran, con su complicidad, el sesquicentenario del nacimiento del libertador de América, un antimonárquico por excelencia.

Hoy en 2006, han pasado 27 años desde que Dalí y Domínguez firmaron los compromisos mutuos. Han pasado 27 años de zozobras. Domínguez, al lado de su esposa iraní Mazhari Tabrizy y de sus tres hijos, dos niñas y un barón, sonríe con placidez y picardía. La monarquía, representada por el rey Juan Carlos y la Fundación Gala-Dalí, van a reconocer sus ilusiones cortadas, con justicia y benevolencia. Será el más importante editor y reproductor del legado de Dalí.

(Continuará)

 

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