Hernán Darío Correa

 Por Fernando Guinard

Autodidacto, estudió algunos meses con David Manzur, quien lo expulsó porque se carcajeaba de manera estridente y despertaba a las señoras que mataban su tiempo en la academia. Boccaccio, el Marqués de Sade, Henry Miller, el Rey Sol, Toulouse Lautrec son unos pobres boys scouts al lado de Correa.

Un envidioso, que no soportaba ver a un dibujante contento inmerso en los centros del placer, escribía así de Lautrec: sacaba sus modelos de los lupanares, las toscas, los bailes de candil, de donde quiera que el vicio deforme los rostros, embrutezca la fisonomía y haga subir a la cara las deformidades del alma.

Correa, admirador de Picasso, hijo ilegítimo más no bastardo, se halla en un estado de lucidez que se expresa en sus trazos, en sus pinceladas seguras. Formas cubistas, planos que se desdoblan, espacios que se mueven caprichosos para aprisionar las formas sensuales, figuraciones derivadas de la distorsión mágica producida por las alucinaciones que Correa crea mientras se desborda en imágenes eróticas. La abstracción que plasma sobre el lienzo es una caricia cadenciosa de formas, colores, aromas tropicales, escenas que proponen al espectador la participación activa en ellas. Sus personajes femeninos de pequeñas cinturas rectangulares, pezones que apuntan hacia el infinito, son creaciones que capturan las turgencias, las formas displicentes y sensuales son miradas que cautivan, son cuerpos que se muestran cómplices al pintor.

Adolescentes seducidas por la eternidad que brindan los pinceles, modelos que dejan efluvios en las telas que sirven de sostén a sus aventuras amorosas. Prostitutas de burdeles que acompañan al pintor a las buhardillas decoradas con sus cuadros.

Sus modelos sonríen cuando mencionan las poses que en ocasiones resultan bastante acrobáticas. Todas coinciden en que el trabajo con Correa es extenuante, luego vienen las carcajadas y finalmente le entregan sus caricias.

Coleccionistas se pelean su obra, que también está colgada en las buhardillas de poetas, en museos de arte erótico y en casas de burgueses amantes de la estética.

Texto del catálogo de la exposición en Iber Arte Galería de Bogotá, jueves 24 de mayo de 2001.

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