Las muchachas de los años mozos

Por
Fernando Guinard

 

“Uno siempre se seduce a uno mismo, soy un seductor. Me reflejo en el agua. El orgasmo de la compañera es la satisfacción de mí mismo”.
JORGE TORRES


En los años 80, cuando Jorge Torres realizó las pinturas, acuarelas y gráficas de esta exposición virtual, deambulaba por la Escuela de Artes de Bogotá; el taller de Umberto Giangrandi, ubicado en la zona de tolerancia del centro, y la Gorgona, residencia universitaria ubicada dentro de la Universidad Nacional de Colombia.

Torres convivía con una estudiante  en uno de los apartamentos reservados a los casados. En Gorgona también vivían juiciosos filósofos, antropólogos, sociólogos, y estudiantes eternos de la Nacional que habían estudiado ya tres carreras y estaban estudiando otra con el objetivo de no perder los privilegios de vivienda gratis, comida muy económica y balanceada, y el desfile diario y fascinante de las muchachas desnudas que se desplazaban a las duchas. Los Betamax de contrabando permitían observar el cine en la intimidad de la alcoba. Era el apogeo de Woody Allen, director, actor, soñador y seductor tan lúcido que muchos años después enamoró a una de sus hijas adoptivas y fueron felices. Se iniciaba la era de los computadores en Colombia y las tarjetas perforadas eran las reinas de los sistemas. Erick Clapton, Bob Dylan, Black Sabat y los Bee Gees eran los músicos al uso. Gloria Gaynor y Donna Sunmer eran las reinas de las discotecas. La fiebre de sábado por la noche invadía la atmósfera.

Bob Marley, con sus cantos que contaban la historia de dignidad y lucha de su pueblo, iniciaba el estilo de vida tan mal imitado por los que se disfrazan de rastas. El metal y los sonidos viscerales impregnaban la atmósfera.

Para crear obras artísticas sólo se necesitan las ganas y el ambiente es lo de lo menos. William Faulkner decía que a él le hubiera gustado ser administrador de un burdel porque era el mejor ambiente en que se podía trabajar pues había dinero, vivienda, rumba, sexo, y sólo había que llevar pocas cuentas y pagarle a la policía.

Ese era el ambiente, no de burdel pero de si de putería que se vivía y se vive en la carrera 12, en la zona donde esta ubicado el taller de Giangrandi y en cuyo ambiente exhibicionista captó Jorge Torres el instante de una mirada coqueta, insinuante y provocadora. Eran objetos vivientes para plasmarlos en el instante del gesto, y así los captó Jorge Torres, gestos sonrientes y alegres que reflejaban, tras las rejas, la ansiedad que invadía a las trabajadoras sexuales. Con un poco de papel, óleos y acuarelas, Jorge Torres no se preocupaba por el éxito económico inmediato, pues el arte erótico no es para ignorantes, dogmáticos y supersticiosos, sólo es para iluminados como Bill Gates, y para museos como el de Arte Erótico de Venecia, el de París o el MaReA.

Torres, sin embargo, adquiría experiencia, observaba e imaginaba a las muchachas en su intimidad y soledad. Y les chupaba su espíritu erótico. Por medios artificiales detenía el instante en su contexto. Hoy, después de 25 años de anonimato, renacen en esta exposición virtual,  resucitan en virtud de que están vivas. Puticas que anticipan el precio y consienten a los solitarios, puticas del pueblo que crean la historia patria a su manera.

Puticas alejadas de las candilejas que iluminan estudios en cuyos espacios antiestéticos sucede lo inevitable en medio de quejidos carentes de erotismo.

Pero también están los cuerpos desnudos, incitantes y lascivos de las intelectuales de Gorgona, lésbicas que comparten poses con voyeuristas virtuales, muchachas embarazadas que quieren más y más, insaciables, respetables y respetadas por su potencial erótico, que dan placer y continuidad a la especie en un ambiente de libertad y mismidad. Y de soledad, pues según Jorge Torres, “el ser siempre está solo y en la soledad se causa el placer solitario” que hace posible el coito con los ausentes. Polvos de polvos, utopías, imaginarios personales, orgasmos mezclados con los gritos de las compañeras, pasadas, presentes, futuras o inexistentes, que dan rienda suelta al hermafrodita que todos llevan dentro, que penetra y es penetrado por los estímulos físicos que navegan por neurotransmisores propios, únicos e irrepetibles.

Y no hablamos de las aventuras amorosas de Jorge Torres cuando hacía el amor en las ramas musgosas de las acacias de la Universidad Nacional, donde daba rienda suelta a sus cabalgatas amorosas, y de donde se caía con las nalgas pintadas de verde musgoso y picaduras de hormigas molestas.

Y no hablamos del complejo de Edipo de Jorge Torres. El de la costurera que aparece en su pintura como fantasma vigilante.  El amor eterno. Su madre, que lo arrulla con el sonido hipnotizante de una máquina de coser hasta dejarlo exhausto. Él, mientras penetra los umbrales de su amada, que no es otra que todas sus amadas, pasadas, presentes y futuras, desea volver al vientre materno, por siempre, hacia la nada.

 
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