Las puertas invisibles de Guinard

 Por Jaime Barrios Carrillo

     
  Hace rato quería escribir sobre Fernando Guinard, San Fernando Guinard. Tardé tres décadas en reencontrarlo. 

Finalmente la amabilidad del internet hizo posible ubicar a mi viejo maestro. Porque teniéndole un poco de envidia y para monterrosianamente desacreditarlo con cariño digo que sí, Guinard fue mi maestro.

Hablo de una época que a muchos parecerá hoy prehistórica. Un Guinard cavernícola e iconoclasta, peripatético, socrático, deambulando por los alucinados pasajes del final de la adolescencia, allá por la calle sesenta. O por el barrio de San Luis. Abriendo puertas en los tiempos clásicos de Chapinero, puertas que al traspasarlas nos llevaban a zonas donde reinaba una conciencia exacerbada, borracha de vida, drogada de existencia.

Guinard quitaba candados. Los rompía y los tiraba a las alcantarillas donde corría el agua sucia de la entonces mojigata sociedad bogotana. Y Guinard seguía abriendo puertas. Las llaves que usaba se llamaban Camus, Nietzche, Marx, Strindberg, Gonzalo Arango, Jotamario y muchas otras llaves maestras que traspasaban las cerraduras del embrutecimiento estructural de una época peluda, represiva, levítica y pacata.

En especial recuerdo las lecturas compartidas de Camus. Me llegaban porque yo era también y he seguido siendo “un extranjero”. Y un parricida en ciernes. Y un muchacho que entonces buscaba ocultar el dolor de descubrir el mundo o en términos aproximados de Pessoa “fingiendo el dolor que en verdad siente”.

Dolor. ¿Qué adolescencia verdadera carece de dolor? Si lo entendemos como el contacto de la carne abierta con el limón del mundo.

Sensaciones, digamos. El principio del fin  de la tabula rasa.

Guinard nos abrió también la puerta del cuarto del minotauro. Encerrado de por vida, el monstruo sonrió al vernos. Aseguró que lo habían desacreditado. Que Perseo era un canalla oportunista. En pocas palabras: Guinard nos enseñó que había que conocer los mitos para poder destruir los mitos. Desde entonces no hemos cesado de seguir esa escuela iconoclasta de la duda dialéctica.

Pero la puerta principal fue la que nos llevó a esa amplia llanura que algunos románticos llaman libertad. La palabra por la que se cometen tantos actos barbáricos, como reclamaba el poeta Paul Eluard. Libertad en el sentido guinardiano de ser para la rebeldía. Ser rebelde es por lo tanto ser libre, silogismo de la no alienación. Soy porque soy libre. Tautología irreversible de la libertad.

Quisiera apuntar, desde luego, algunas ráfagas disparadas de la memoria. Guinard estudiando economía se adentra en el marxismo para enfrentar la catarata agria del capitalismo primario de nuestra periferia. Guinard existencialista derriba mentalmente el muro de Berlín en 1971 adelantándose a la historia real. Guinard sicodélico traspasa las ondas cerebrales de la oligarquía conservadora y sus fiestas de tiples y ruanas.

Pero abría que agregar algún dato concreto: Guinard en la organización de los Festivales de la Canción Protesta. Guinard crítico de arte. Guinard profeta del erotismo, fundador del primer Museo de Arte Erótico de América. Guinard escritor.

Guinard escuchando. Guinard criticando. Guinard disecando un orgasmo múltiple. Guinard escuchando a Verdi. Guinard cortando el pétalo de la rosa que dejó olvidada Leonardo Fabio en una esquina de 1969. Guinard el Santo. San Fernando de Cúcuta, de Bogotá, de Sogamoso y del Mundo, abriendo la puerta que tal vez (repito) tal vez conduzca a la felicidad.

Estocolmo, noviembre 2009.

Jaime Barrios Carrillo
Guatemala, 1954

Vive exiliado en Suecia desde 1981.

Comunicador Social, licenciado en Filosofía y ex catedrático de la Universidad de San Carlos en Guatemala y Antropólogo Social de la Universidad de Estocolmo. Columnista del diario Siglo XXI de Guatemala. Supervisor de los proyectos de información de la sociedad civil sueca en el Foro del sur de Estocolmo, Forum Syd, en Suecia.
 
 
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