Es un desfile mortuorio y fiestero con vacaloca y bufones que celebran la muerte de un carácter amorfo que en vida fue contrabandista, tacaño, solterón y neurasténico.

Un muerto enorme, grasoso y barrigón, echado sobre una barbacoa llevada por cuatro esqueletos de negros de ancha osamenta y sonrisa blanca y coqueta preside el cortejo.

Los perros devoran los pedazos de carne de muerto que les van echando los penitentes de esta procesión endemoniada.

El difunto, quien sólo supo trabajar, comer y dormir, amasó su fortuna en la guerra de los mil días contrabandeando armas en las camillas ambulantes que cargaban a los muertos inexistentes.

El único contra es el agua bendita que poco abunda en las selvas por donde deambula la parihuela.
Ilustración de Walter Tello
 
 
     
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