No era bonita, ni siquiera simpática, coja y con un trasero caído y alargado caminaba como paramuna, tenía una nariz faliforme que se bamboleaba al compás de sus movimientos lerdos.

Desde pequeña había soñado ser reina, no importaba cómo, ni dónde, ni cuándo, ni de qué.

En un concurso de belleza enloqueció al público desfilando con un traje hilo dental que le ayudó a disimular su trasero caído y alargado pero que destacó de una manera espléndida sus umbrales.

El jurado le dio el premio por su inteligencia, pero no lo aceptó pues ella creía ser la más bella.

 
 
Ilustración de Gilberto Cerón
 
     
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