Luis Cabrera

Por
Fernando Guinard

 

La arbitraria división del tiempo marca en Occidente un cambio de siglo y milenio. Ajeno a estas pequeñeces que se supone deben determinar las acciones humanas, impregnándolas de modernidad, un pintor, entre pocos, prevalece en el acto trascendente de componer superficies de color.

Luis Cabrera conoce bien su oficio y entiende con lucidez que la frontera final de la pintura es un punto de referencia utópico al que nunca se llegará.

Nada limita más al artista que la historia del arte. Nada aniquila tanto sus posibilidades como el tener que ser contemporáneo por compromiso con la crítica, los historiadores y los espectadores.

¿Con qué derecho se le impone a otro la dirección de una ruta tan íntima como la de la creación plástica? ¿No es la historia del arte oficial, la ficción, una gran novela escrita por un grupo humano en una etapa de tiempo?

Válida o no, esta historia, es en suma un camino entre muchos que se dejaron de lado. Por uno de ellos transita Cabrera a sabiendas de que no posee tampoco la verdad. A sus espaldas carga sus obsesiones y demonios. De algún modo él es su propia frontera.

Bogotá, 2000.

 
     
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