Confesión con el MaReA

Por Fernando Guinard

Nací el 11 de noviembre de 1972, en Bogotá. De los tres a los catorce años viví con mi abuela materna Teodolinda, en Puente Nacional, Santander, un pueblo muy pequeño, fundado en 1569, por Andrés Díaz Venero de Leiva. La primaria la estudié en la escuela rural que estaba ubicada muy cerca de mi casa. Por eso, un par de alpargatas me duraba una eternidad. A partir de los siete años empecé a dibujar y a tallar la madera. Fabriqué mis propios juguetes, estaban inspirados en personajes de programas de televisión como Mazinger, los Transformers y otros. Mis primeras herramientas fueron el cuchillo de la cocina de mi abuela y un pedazo de segueta. En el Instituto Técnico Industrial Francisco de Paula Santander estudié tres años, tomé clases de carpintería, mecánica industrial, fundición, modelería, serigrafía, litografía y dibujo técnico, el terror de todos los muchachos.

Mis padres me trasladaron a Bogotá con el propósito de civilizarme. A los 19 años terminé el bachillerato en un colegio de mala muerte: el Instituto Superior Cooperativo, ubicado por los lados de la calle 80, cerca al barrio El minuto de Dios. Académicamente era el peor colegio de Bogotá, pero era el más rumbero. Todas las semanas eran culturales. Salsa y merengue al por mayor. Si uno le caía bien al profesor de danzas, pasaba todas las materias.

No pude volver a tallar porque se hacía mucha mugre. Esa era la disculpa que daban mis padres para joderme. Vivir con mis padres fue el primer gran error de mi vida. Seis meses después de terminar el bachillerato me fui a vivir de nuevo con mi abuela quien sí acolitaba mi práctica artística. El segundo gran error de mi vida fue casarme después de haber vivido diez años en unión libre. Se casan con uno para sentir la sensación de seguridad, pero es sólo eso, una sensación.

En 1990, mi querida abuela se murió de vieja a los 89 años. Y otra vez el martirio de vivir con mis padres. Mi madre estaba convencida que para ser alguien en la vida no debía preocuparme por las prácticas artísticas sino por estudiar Pedagogía Artística a distancia, en la Universidad de la Sabana, para que fuera un profesor emérito de esos que tienen el sustento asegurado y se pueden reproducir como conejos. Al terminar el primer semestre me retiré porque me pareció un fraude. Las evaluaciones las mandaban por correo. Uno respondía las preguntas y mandaba el trabajo según las especificaciones del profesor. No había control al trabajo pero sí al pago. La educación es un negocio como cualquier otro. Los libros eran escritos por profesores conductistas de la institución y el contenido estaba aprobado por el “comité de censura” del Opus Dei.

En mi casa querían que yo los mantuviera. Me largué y me casé. Mi señora me patrocinó la matrícula en la Academia Superior de Artes de Bogotá ASAB, ubicada en pleno corazón de San Victorino, un barrio de armas tomar. En la entrevista de habilidades me pasaron un texto del poeta Charles Baudelaire. Me pidieron que interpretara o expresara el texto en dibujo y pintura. Dibujé y modelé en arcilla un hombre derritiéndose en el barro.

Las preguntas que medían otras habilidades me parecieron absurdas. ¿Cúal es su estado económico y mental? ¿Ha consumido drogas? ¿Es mantenido? ¿Tiene hijos? “Para ser artista hay que ser el hijo bobo de la familia”, decía Mario Backman, quien después sería uno de mis profesores de dibujo. Muy bueno. Ingresé con uno de los mejores puntajes en habilidad técnica.

Fue una época difícil. Era la transición entre la Escuela de Artes del Distrito, cuya enseñanza se caracterizaba por la mediocridad,  y el nuevo proyecto de la ASAB. Cuando los antiguos alumnos realizaron los exámenes para reclamar el diploma, sólo se pudieron graduar dos de los treinta que tenían el deseo de hacerlo. Los tiempos cambian. Para bien o para mal.

Los profesores eran artistas conceptuales que pensaban que el concepto era más importante que la técnica. Vivían de la carreta. En la pragmática, eran dogmáticos. Fabricaban, o repetían, tal vez repetían, un sistema de creencias no religiosas en el cual cada quien debía defenderse como pudiera. Todo lo que tuviera algo que ver con la técnica les parecía artesanal.

En primer semestre había do viejas que enseñaban dibujo. Nunca supe si eran dibujantes porque todo lo camuflaban desde el punto de vista de la sensibilidad. Si usted es sensible cualquier mamarracho es arte. María Eugenia Cerón, “maestra” de Dibujo y Composición, llegaba al salón, nos hacía sentar en el piso, iniciaba una sesión de yoga, nos retroalimentaba haciéndonos borrar el presente, el pasado y el futuro. “Desde este momento olviden el espacio interior, sólo están ustedes, cierren los ojos y conéctense con su ser sensible. A ver, la mente en blanco, como el papel.” Y pasaban dos horas. Luego nos decía: “tomen un papel y dibujen lo que sintieron.” Yo no sabía qué hacer, con esas clases magistrales se me olvidó dibujar.

El profesor de diseño, Juan Carlos, era un loco. Vivía obsesionado. Llegaba a clase y decía que le diéramos vueltas al salón como autómatas. Después nos hacía sentar y nos decía que expresáramos nuestra ira y destrozáramos todo lo que nos diera la gana. “Si sienten odio expresen sus sentimientos”. Las viejas lo admiraban. Si desde la terraza se tiraba a volar para estampillarse contra el piso, todas las viejas se tiraban tras él.

En cuarto semestre retomé  las clases de dibujo. El maestro, de nombre Mario, nos impuso el modelo, el dibujo académico, las clases de proyectiva y el discurso pragmático.

El maestro de pintura era Fabio González, ceramista también. Él quería una pintura libre, ajena a la realidad, algo así como la abstracción expresionista.

Yo estaba muy contento con las clases de diseño y color del maestro Alberto Díaz. En el paisaje encontraba todas las gamas de la pintura. Perdí pintura porque el tema del paisaje y yo estábamos obsoletos.

Después la universidad entró en crisis. La cerraron durante tres semestres, dos de 1999 y el primero de 2000.

Regresé entonces  a la odiada Universidad de la Sabana a continuar mis estudios de Pedagogía Artística por correspondencia. En el segundo semestre de 2000 abrieron la ASAB, y como cosa excepcional encontré que el nuevo equipo de profesores se ajustaba a los intereses que yo tenía en ese momento. Se hizo más llevadera la estancia en la institución. Estuve más tranquilo porque primaba la expresión intuitiva personal. El maestro era un guía.

Entre los nuevos profesores estaban:
Marcos Roda, de grabado, muy consagrado.
Jaime Cerón, de Historia del Arte, trataba de no influir en los gustos de las personas, su enfoque era muy contemporáneo. Eran clases amenas. Estaba muy bien informado de los últimos acontecimientos del arte y del pensamiento de los críticos. Daba la información básica. Me parecía muy  psicorígido, daba la sensación de que era muy puntual, fechas, nombres, acciones.

José Alejandro Restrepo, de video, pionero,  super-estrella, consentido del medio artístico.

Hayner León, de escultura.

Andrés Corredor, buen maestro de pintura, sabía enseñar. Me decía: “¿por qué no se echa otra cosa a la boca que no sean los pinceles?” Era coqueto, no acosador.

Todo bien, pero a la larga la obra de uno terminaba siendo la obra de muchos, la obra de otros. Me aconsejaban que visitara artistas. Haga esto, no haga esto, sea más calmado, evite enfrentamientos, no cierre puertas, sea inteligente, ¡obedezca! Conductismo al por mayor. Los compañeros se rebelaron. En las academias no se tienen en cuenta los intereses de los alumnos.

Bacon me parecía un artista muy erótico. Termine trabajando la temática erótica. También la temática religiosa, me gustaban las figuras hieráticas, por qué los gestos, por qué los signos. Le di un tono de mamadera de gallo.

Fragmentos del cuerpo sagrado fue mi trabajo de tesis. La idea fue la de recrear una iglesia católica. Trabajé imágenes alusivas al santoral, de apariencia contemporánea. Estaba muy influido por los maestros más que por mi propio gusto. No estaba expresando mis sentimientos. El esfuerzo de los maestros consistía en manipular a los  alumnos para que el resultado final fuera el resultado de la obra de ellos. Un trabajo de equipo en el que intervenían muchas personas. Un producto con expectativas.

El travesti es un homenaje a Freddy Mercury, cantante y líder del grupo Queen, que murio de SIDA en noviembre de 1991.

Las otras imágenes son deconstrucciones y descontextualizaciones de imágenes de leyendas reales y ficticias de la imaginería cristiana. Santa Lucía, virgen, mártir a quien le arrancaron los ojos. Santa Bárbara, que según la leyenda le cortaron un seno. San Sebastián, el famoso guerrero de la guardia pretoriana quien se convirtió, después del renacimiento, en un muchacho de gran carga erótica de tendencia gay. San Martín de Porres, el mulato peruano que es representado con una escoba. Cristo.

Todas tienen un componente contemporáneo que es el tratado de los signos.

Un jurado compuesto por el escultor y profesor Alberto Díaz, que siempre apoyó mi trabajo en talla; el escultor y profesor Hayner León; el profesor, crítico y curador Jaime Cerón; y el profesor, filósofo y pintor Rafael Méndez, calificaron el trabajo con la nota máxima. Luego, en la exposición colectiva con otros artistas que también se graduaban, me disminuyeron cinco décimas por deficiencia en el montaje.

Me gradué y trabajé como profesor de primíparos en la Universidad de la Salle, y como profesor de arte para niños en el colegio Abrahán Lincoln. En la Universidad de la Salle me cansé rápidamente porque allí el arte sólo cumple una función de entretenimiento. No había ninguna posibilidad. En el colegio no pude hacer nada. Era lo que dijera el rector y punto.

He tratado de olvidar lo que me enseñaron. Es como un veneno. He tenido que sacudirme de la sarta de mentiras. He tallado cientos de esculturas. Tres en la semana.

Con La mano poderosa gané el Primer Premio en el Salón de Agosto de 2002, en el Museo de Arte Contemporáneo de Bogotá MAC. Era un icono de la cultura contemporánea: Mickey Mouse, Mac Donald's, Coca Cola, Marlboro y Budweiser. Me dieron una medalla que parecía una arepa, y un certificado. Fue mi primera estafada. Le guardo resentimiento a ese museo porque sentí que me robaron.

Al año siguiente, en el Salón de Arte de la localidad de  Kennedy, gané el primer puesto con unos retablos eróticos, pornográficos para algunos, titulados Cedro Macho. Me devolvieron la obra y me dieron plata.

Me encantan los artistas de la colonia. Pedro Laboria, Legarda, y Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, artistas muy buenos a pesar de los cánones estéticos que exigía la iglesia y que limitaban el talento.

Me encantan los paisajistas, especialmente Jesús María Zamora, y los de las décadas del veinte y el treinta con sus temáticas bucólicas que reflejan el espíritu de la época. Me encanta Andrés de Santamaría, las  primeras obras de Antonio Caro como Todo está muy caro, y la de Colombia con el tipo de letra de Coca Cola.  Lo demás no me llama la atención. Me gusta mucho Luis Caballero, algunas obras de Manzur como  La Monalisa con moscas. Me gustan los muñecos precolombinos de los Simpson, de Nadin Ospina. Me gusta el dibujo de Enrique Grau. No me gustan los trabajos de Pedro Nel Gómez, ni los de Obregón, ni los de Negret, ni los de Ramírez Villamizar, ni  los de Botero.

Admiro el arte cinético de los venezolanos Jesús Rafael Soto y Carlos Cruz Díez; el trabajo de Andy Warhol, y el de Jeff Koons; la poesía de Neruda  y Barba Jacob; el cine de Luis Buñuel y el de Tim Burton.

Me vinculé al MaReA  porque quiero dar a conocer mi obra, pienso que le puede interesar a alguien, me gustaría saber la opinión de la gente, que hablen bien o mal. Es interesante porque es el único museo virtual.

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